sábado, 17 de abril de 2010

Signos

Al lado del Hobbit en mi estantería está The Story of Writing (Robinson, 2003, 224 pp), uno de esos libros que viene con algo nuevo cada vez que lo abres.

No es una investigación académica, pero tampoco es uno de esos libros que puedes leer en el Metro. Necesitas concentrarte bien para entenderle.

La primera es algo obvia: hablamos como escribimos. Por años me han desesperado las personas que hablan como metralleta, o que en vez de palabras sueltan taladros, o que no pueden ligar dos ideas en una conversación no alcoholizada. Pues el libro explica que esas personas hablan así porque así piensan, y después, así escriben.

Después dice que durante miles de años has modificado tu lenguaje, pero pocas veces tu sistema de escritura. O sea, cambias tu lenguaje hablado, pero tardas miles y miles de años en modificar CÓMO lo escribes. La escritura, dice el libro, es mucho más sólida que lo hablado porque refleja tu estado mental extendido, no temporal. Eso lo replicas socialmente.

Para ligar este tema con la realidad, pone como ejemplo el japonés, el idioma y la escritura más difíciles de aprender (el finlandés, según esto, es la más fácil). Como reflejas tan poco sonido con cada una de las líneas que usas para escribir en japonés, el idioma se convierte en una pesadilla. Para colmo, el japonés también es un idioma contextual, así que un trazo puede significar mil cosas distintas en distintas partes de un texto. Contraste: para ti, una “A” sólo tiene ese sonido, y la escritura lo respalda: A es A siempre. Pero en japonés A se debe escribir con un trazo especial y su sonido siempre dependerá de los trazos que siguen. Y como el japonés prefiere usar una escritura distinta para las palabras extranjeras y otro para ideas más complejas, acabas con un dolor de cabeza masivo antes de poder decir gohan sin soya, por favor. En pocas palabras: aprender a programar juegos de Nintendo y hacer coches fregones que no gasten gasolina no es casualidad, está ligado al lenguaje y a la escritura. El libro no habla del idioma mexicano, ni del español (aunque sí del maya).

Qué más? Ah, sí. La carta de amor de Siberia de hace 2 mil años que no usa palabras, sólo imágenes. Aquí todas las personas son pinos. Del lado izquierdo hay una pareja que vive en su propia casa, en forma de botella. Del lado derecho hay una mujer, que vive en otra casa. La mujer quiere estar con el hombre de la otra casa, representado por la línea esa que junta a los dos. Pero el hombre ya está con otra mujer y sabe que muy pronto podrían tener hijos (pinos chiquitos a la izquierda). La mujer de la derecha le dice que más vale que se apure a tomar su decisión, porque ella ya tiene pretendiente (el árbol afuera de la casa, a la derecha). Eso de que estás en la era de las imágenes no es nuevo.

Entre la escritura moderna y la totalmente gráfica tienes el rebus, una combinación de imágenes y escritura, en donde la imagen puede representar el sonido de la palabra. Ejemplo: venado y el sonido “dear”, como sale en uno de Lewis Carroll.

Hay románticos, como este del siglo XVI, de Palatino.


Y otros modernos y mucho más simples: 

XOXO

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