domingo, 30 de mayo de 2010

Escala


-Por qué te gusta armar esos modelos? Nunca los usas, me dijo una amiga.


-Ese no es el punto, le respondí. Me gusta terminar las cosas, que sean útiles.


-Ahhhh…..y por eso los vendes después?


-Sí, porque lo que me gusta es armar. La objeto no me importa. Lo que me importa es que quede bien.


Y así pasaba toda la noche: armando cosas. Al otro día tenía unas ampollas tremendas, pero estaba feliz. Hoy arme eso. Ayer no era nada. Hoy sirve para algo a alguien.

Después me di cuenta que desde pequeño me gustaba el asunto: mi juguete preferido era un kit de bloques de madera, de esos que vienen de escandinavia, en donde la gente se divierte mucho con los árboles y todo lo que sale del bosque, incluso lo que repta. “Vamos de viaje, pero no lleves tu blocs, ok? Pesan un montón”, me decían. Y como que me entraba angustia. “Espero que cuando regrese todavía estén ahí. Sobre todo la pieza en forma de puente”, pensaba.

Hoy ya no armo castillos de madera, aunque el placer sigue ahí. Los atributos terapéuticos están intactos. Armar un grupo en donde antes había una masa amorfa gente, que una idea se convierta en empresa, que unas imágenes se conviertan en una secuencia, que unos trozos de madera lleguen a ser un mueble, que haya melodía en donde antes había ruido. La idea es que llegue a ser funcional, lo que no convence a muchos artistas. En el fondo creo que también hay Belleza en la funcionalidad.

Con la gente es otro asunto. Una intención no siempre llega a ser un amor, o una promesa una relación, ni un interés una complicidad. Mejor ver ese tema como un arbusto, como algo orgánico, que crece solito por donde quiere, y sólo darle un retoque cuando ya esté fuerte.

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