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Sicodrama




Como un salero. Cuando vas a una cena y está llena de parejitas y sabes que va estar llena de parejitas pero estás ahí porque es bueno socializar.

Aquí no sólo son parejitas, dos de ellas me han mostrado su anillo de compromiso. Se los han dado hace poco. Brillan, aún cuando la luz es tenue. No digo nada, porque sé cuánto acabará pesándoles el compromiso. La Promesa. Aquí está materializada y estoy seguro que en corazón y en alma también. Pero no digo nada porque aquí todo mundo está contento, y qué bueno. Hay que celebrar, carajo.

En el extremo del salón hay otro salero. Como llega el momento para socializar un poco más me acerco y pregunto “tú que haces?” (Ojo con la pregunta “qué Haces?” muy diferente a “qué Eres”).

-Soy sicóloga (releer el paréntesis anterior)
-Ah sí, entonces ya nos habrás sicoanalizado
-Sí.
-A mí también?
-Sí. Desde hace tres horas.
-Y? Algo bueno?
-Tu discurso latente es muy interesante; tu discurso activo, no tanto.
-…
-No te apures, es normal en todos. Como sujeto de estudio, eres interesante.
-Menos mal

Y como no sé que decir porque seguirá analizando no digo nada más. Sé que para ella es lo mismo. Seguirá analizando lo que no digo. Lo que no se dice es lo más importante que lo hablado, ella también lo sabe.

Y me pasmo y me acuerdo de los tiburones. Pueden sentir la electricidad qué desprendemos. Como están en el agua, se transmite mejor. Nuestros pensamientos son electricidad, así que pueden leerlos o al menos saber en qué sintonía estamos. Y por eso disfruto tanto ir al mar y zambullirme horas y horas y horas de frente a las olas. Para conectar. Nunca me he topado con un tiburón pero sí varias veces con mantarayas, sus primos cercanos. No tuvimos mayor problema.

Algunas personas tienen más de escualo que otras.

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