lunes, 25 de octubre de 2010

Big in Japan


A veces no obtienes lo que quieres, sino lo que necesitas.

En Japón eso lo han sabido durante siglos. Trabajas 20, 30, 40 años en una empresa que te ha dado la oportunidad. Te da sentido. En los 80 era EL estilo de vida. Y al país le fue muy bien.

Hoy no. La gente de 20 a 34 años, en especial los hombres, le dicen al capitalismo que el dinero no les interesa tanto como antes. Lo que les interesa es su tiempo, tener uno que otro amigo, comer menos carne y vivir en paz. Las mujeres menores de 30 años, en promedio, ganan más que los hombres. ¿Pasar 40 años trabajando para una sola empresa? No gracias. Los padres de estas personas, aquellos grandes hombres corporativos de los 80, están nerviosos. Se pelean con sus hijos para que adopten un modelo masculino de desarrollo social. Los más jóvenes les responden que “por el momento, no me interesa tu estilo de vida”. Los padres se vuelven locos, “¿Cómo que por el momento? ¿Cuándo sabrás?”. El chico le responde que no sabe, pero que no quiere seguir sus pasos. El modelo se reproduce en la sociedad japonesa y ¿qué pasa? El Walkman deja de existir. Es el símbolo del Japón poderoso, viril, de los 80. Sony dice adiós a ese vejestorio, ahora le entramos a todo al MP3, que no se puede ver, no se puede tocar, pero los japoneses lo usan como apéndice obligatorio en el metro, en las calles y en cuarto, para evitar molestar a los padres.

Hace poco fui vecino durante meses de tres chicas japonesas, todas ellas en el rango de edad de 20 a 34 años: Akiko-san, Kumiko-san y Mami-san. Las tres vivían en cuartos distintos, al lado del mío. Las tres tenían novio. No sólo tenían clarísimo que había que evitar molestar a los otros, sino que aún cuando ellas pensaban que lo hacían, te ofrecían detalles para compensarlo. Comics, Noodle-soup, comida típica cocinadas por ellas mismas. La más desmadrosa de ellas es Akiko-San, pero sólo de fachada. Como cortesía de mi llegada, invitó a todos el piso a una cena en su cuarto. Nunca he visto otro sitio más ordenado. Todo había sido pensado para tener un lugar específico a cierta hora del día bajo ciertas condiciones: el reposa-zapatos, la mesita con los vasos de cristal, la mesa de cama con la computadora, la cama-sillón pegada a la ventana. Un espacio de 12 metros cúbicos que se sentía como casa. Después estaba Kumiko-san. El orden no era lo suyo, pero sí la sociabilidad. Hablaba muy bien español, por cierto. Y después Mami-San. Verla cocinar era un arte. Todo tenía que estar ordenado para que pudiera comenzar, cada ingrediente, cada utensilio, cada plato, bueno, hasta la sal especial que se había traído de Japón. No era buena para correr. Fuimos una vez a hacer ejercicio y la pobre acabó como si hubiera corrido a Osaka y de regreso. Pero tenía energía y los mejores modales jamás. Su novio era aún menos alto que ella y lo trataba con una deferencia de shogun. En Japón, esto es importante. “Tu pareja es tu espejo”, me decía. “Si lo trato mal a él, me estoy tratando mal yo misma”.

Tradición y modernidad, al menos por un rato más, en Japón.

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