domingo, 13 de febrero de 2011

“Tomar es recreativo”

Algunas personas están obsesionadas con lo que otras personas toman. Curioso porque es un tema irrelevante a menos que sepas exactamente cómo se siente un bebedor compulsivo. Hay hipocresía cuando te tacho de briago sabiendo que todos estamos—todo el tiempo—a un paso del fondo de la botella. Es tan frágil la situación que da miedo. Un accidente aquí, un fracaso acá, un problema mal resuelto y directo a la copa.


Por cierto que hoy, 13 de febrero, es día internacional del soltero. Muchos celebraran por su propia cuenta, ¡claro!, con una botella. Cuando no soportas estar ni contigo mismo es una amiga valiosa, caprichosa como todas, pero a fin de cuentas imparcial. El que trae los rollos eres tú y los vas a soltar poco a poco en su compañía. No es optativo.


Yo siempre he preferido ver el asunto como algo que se hace en sociedad. Mejor empinar con alguien que te cae bien, o al menos que te hace olvidarte de ti mismo por un rato. Igual y hasta la otra persona tiene algo interesante qué decir. Ahí ya vamos de gane. Te refrescas y al mismo tiempo te divierten. Después tú tratas de divertir a la otra persona. Es un juego tan viejo que hasta los elefantes lo hacen cuando guardan sus manzanas, dejan que se fermenten, y después van con sus amigos elefantes a recogerlas. Son animales sabios estos elefantes.


“Tomar es recreativo”, dice Robert Smith, del grupo The Cure. “Solía embriagarme mucho por mi cuenta pero ya no lo hago. Para usar de ejemplo a Dylan Thomas, que acabó tomando tanto que se mató, lo hacía porque era una buena diversión. No sé si es igual en las últimas etapas de la adicción. Supongo que él tomaba por tres razones. La primera, porque era divertido; segundo, porque te conviertes en un ser casi mítico, en un bebedor mítico que es una idea que te puede causar adicción; y la tercera, porque en las últimas etapas de la enfermedad no tienes otra opción. Ahora casi soy un alcohólico, no he tenido una noche este año en donde no he estado ebrio—una declaración triste, supongo”.


El detalle es que Smith escribio esto en su etapa más creativa, justo cuando lanzó The Head on the Door, un disco considerado por muchos como la mejor entrega de su grupo. Y lo es. Es el disco más completo. Tres años después saldría Disintegration, en donde se reafirma todo lo que el autor era y será. Compuso su obra maestra a los 30 años y de ahí todo fue en picada. No ha tenido un disco bueno desde hace 20 años.


Pero de pronto sorprende con canciones interesantes.


El Pequeño Dragón y mi prima favorita de Querétaro me introdujeron hace una semana esta canción, en donde Smith sólo canta, muy a su estilo. La música es de Crystal Castles.



La canción salió hace apenas unos meses y hasta donde he sabido, no ha pegado ni en México ni en ningún lado. La original, de Platinum Blonde, no es mala, simplemente es demasiado ochentena.



El libreto del CD de Disintegration tiene la siguiente recomendación: “Esta música fue mezclada para que la tocaras fuerte, así que sube el volumen”. Veinte años después se puede hacer lo mismo con el remix de Cristal Castles, y mejor hacerlo con un vaso de tu pacificador favorito. De nada.



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