domingo, 27 de marzo de 2011

Signos


Estoy perdiendo la racionalidad. Distintos actos—pequeños—que hago o dejo de hacer me lo confirman. Esto es cíclico, el patrón se repite cada cinco años, y no tienen nada que ver el lugar en dónde vivo, mi peso, si como o no como suficiente ácido fólico, si tengo pareja o no, si duermo mal o duermo bien. Nada. Estas son las evidencias:

-Me meto a bañar y olvido si me he lavado o no el cabello. Y lo acabo lavando al menos tres veces.

-Meto mi celular adentro del refrigerador cuando estoy levantando la cocina. De preferencia, junto a las frutas y legumbres.

-Checo 10 veces si no dejé una hornilla de la estufa abierta. Ya estando afuera del departamento, me entra la duda y subo cuatro pisos para cerciorarme.

-Saco la basura de la mi casa y entro de nuevo a arreglarme. Desayuno, me baño, me arreglo, me visto, camino en pelotas de un lugar para otro, lavo los platos y cuando ya estoy listo salgo rumbo al trabajo. Sólo para darme cuenta que nunca cerré la puerta después de tirar la basura. Estaba abierta de par en par. Muy bien, eh.

-Olvido pasar por mi abuela. (“Fuck!”, grito a medio Periférico)

-Voy al gimnasio y abro el casillero con una llave, la cual se queda en el candado…por una semana.

-Echo la ropa a la lavadora y sólo para estar bien seguro que sí le puse jabón y suavizante, le echo un litro más de cada uno (olor lavanda-menta)

-Mando un email y para estar seguro que sí lo mandé, checo seis veces la etiqueta de “enviados”. No vaya ser que se lo haya enviado a la señora que me dio Estadística en segundo semestre de la licenciatura y no a la chica que me gusta. (Aplica lo mismo con mensajes SMS)

-Voy a correr y olvido cuántos vueltas he dado a la pista. No es tan difícil, sólo tengo que dar cinco. Para estar bien seguro, doy dos más.

-Le pongo catsup al cereal y leche al sandwich (un clásico)

-Cierro la puerta del edificio, le pongo llave y empiezo a caminar. Pero a los 10 pasos regreso para revisar si está bien cerrado. Pasa lo mismo con las puertas eléctricas de los garajes. Me echo en reversa 50 metros para cerciorarme de que sí se haya cerrado bien el portón.

-Comienzo a leer un libro. Al mismo tiempo leo otro. Después de unas 20 páginas, los protagonistas de uno se empiezan a meter en las historias del otro. Esto no es divertido si estás leyendo las cartas de Óscar Wilde y Pedro Páramo. Wilde nunca vivió en Comala! Páramo nunca fue gay!

-Leo una nota y a la mitad del artículo me doy cuenta que no he entendido absolutamente nada, así que otra vez para arriba, desde el encabezado.

-Olvido qué estaba haciendo en una de las 17 ventanas abiertas del explorador de Internet. Esto generalmente viene antes de una pausa en donde cierro los ojos para recordar si tenía que enviar ese correo tan importante al Señor Secretario X o si tenía que enterarme del último avance de la filmación de la película The Hobbit.

-Olvido llamar a mi madre…por una quincena. No porque no quiera, simplemente pienso “hoy sí le llamas, eh, que no se te vaya a olvidar”. Y se me olvida y al otro digo lo mismo. Y así consecutivamente.

-Olvido si hice la cita con una chica a las 8 o a las 9, entonces le remarco e inmediatamente saboteo mis posibilidades de cualquier encuentro amoroso con la misma.

-Em…¿quedamos a las 8 o a las 9 para cenar? Es que tengo memoria de teflón, jiji…
-A las 9. Me acabas de hablar.
-Ah, perfecto….(manotazo en la frente) (risa nerviosa)
-....... (zoquete)

-Mando un mail en donde debe ir un archivo anexo muy importante. Pero no lo anexo. Los 17 correos de los interesados me lo confirman.

-Los regalos son muy importantes en las culturas orientales. Un embajador de uno de esos países me invita a comer con 15 días de anticipación, así que le compro un detalle. Esto es protocolario. Llega el día de la comilona y claro, olvido el regalo en la mesa antes de salir de casa. Ahora tengo una pecera de bola extra.

Esto es inconsciente, claro: los peces no tienen memoria.

2 comentarios:

  1. Jajajajaaja! Yo busco mis lentes puestos. Y el otro día llegué a mi casa y no tuve que abrir la puerta porque nunca la cerré.

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  2. Ah, los lentes puestos. Otro clásico!

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