lunes, 12 de septiembre de 2011

Mi Katamari Damacy relacional


Te conozco desde hace años y coleccionas latas, pinturas, rompecabezas, dibujos, libros, lápices de Hello Kitty, botellas de alcohol vacías y a veces hasta recuerdos. Todo muy bien, muy bonito, muy lógico, muy racional, como hacen la mayoría de las personas que viven en las grandes ciudades que dejan poco tiempo para la expresión personal y mucho para el comercio.

Hasta hace poco, yo coleccionaba Tamiyas. Ya sabes, autos de control remoto japoneses con niveles de detalle absurdos. Armar un coche complicado me podría llevar dos o tres días, pintarlo otros tres. Y después de armarlo, a dejarlo arriba de una estantería. Son productos que se ven tan bien como funcionan. Japoneses, al final.

Pero después de un rato la afición al armado de kits de juguete terminó. Lo cambié por un katamary damacy relacional, como el videojuego que te pone a enrollar artefactos de todo tipo para armar montones de cosas cada vez más y más grandes…hasta juntar tantas que formas tu propio planeta.

La diferencia es que yo no aglutino cosas, sino personas (katamari damacy significa más o menos “alma que aglutina”)

Personas de todo tipo. Las aglutino por un tiempo y las envuelvo, y las llevo por la calle junto con otras personas y aglutina esas con estas otras y todo se va haciendo más y más grande hasta que llega un momento en que esto tiene que parar porque es imposible dedicar un número limitado de tiempo a un número indeterminado de personas. Y eso agota. Al momento se siente bien. Las personas que vas juntando alimentan tu esfera relacional, pero como una fase más del videojuego, el tiempo está corriendo y se acaba y mientras más se acerca el límite del nivel empiezo a correr de un lado para otro dando bandazos. Desde afuera parece bastante divertido y supongo que con el tiempo lo es, aunque al momento lo único que produce es exhausión.

Hasta que conoces a otra persona y la bolita empieza a rodar de nuevo…



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