domingo, 18 de diciembre de 2011

Los hombres tristes








Una cosa es mentirte a ti mismo por unos días, un tema pasadero o un capricho. Otra muy diferente es hacerlo como un estilo de vida.



Sé bien eso de mentirse a uno mismo. Todos lo sabemos, a mayor o menor medida y todos lo ahogamos de distintas formas. La mayoría prefiere el alcohol, otros prefieren cavarse un hoyo de trabajo, y también conozco a muchos otros que se ocultan en el pecho de sus amantes. El objetivo es diluir el dolor hasta ahogarlo, diferirlo hasta que haya un mejor momento. Crear una situación imaginaria que parece ser buena—seductora—pero que en realidad no lo es.



El lugar más visible para encontrar hombres fragmentados es en las oficinas. No tengo la cuenta exacta, pero calculo haber pasado al menos 8 mil horas en distintas oficinas a lo largo de los últimos 10 años de mi vida laboral. Esto es ridículo y absurdo. Aquí habitamos los hombres grises de los que escribió Ende. No sólo grises, los hombres tristes más bien. Los acabados de sueños. Los sedados cada quincena. Los alienados consigo mismos y los que tienen miedo a la libertad, según Fromm.



Es algo tan común que lo damos por hecho, así como damos por hecho que cada viernes de quincena el asalariado promedio irá a gastarse la mitad de su ingreso en la primera cantina que vea. ¿Busca algo en particular? No. Nada realmente. Busca (buscamos) darnos la vuelta.


Tampoco voy a comenzar a escribir aquí un tratado moralista de lo malomalomalo que son las empresas y las mega corporaciones y las oficinas de gobierno y lo pendejos que somos los trabajadores al aceptar las condiciones subhumanas que pasamos para trabajar. Esto es un mensaje para mí. Lo uso para rectificar el camino y si alguien lo quiere leer y le sirve de algo, pues qué bueno. A fin de cuentas no puedes cambiar el mundo, pero sí puedes cambiar tu realidad. Yo necesito dejar el tema asentado en blanco y negro para tomar acciones. Así soy.


¿Qué tan desconectados estamos los asalariados de nosotros mismos? Cuando el objetivo es llegar a la cima oficinista y ser el director general de la mejor empresa que vende suelas de zapatos al mundo, creo que mucho. Crees que tienes poder, pero no tienes nada. Sólo está el cargo. Detrás, La Nada. Crees que la gente que ordenas en la oficina te vendrá a saludar si te encuentra comiendo con tu familia y nada. Crees que la gente se siente motivada para vender el doble de agujetas que el año pasado y nada. Es como construir castillos de arena o castillos de viento. Al final no hay nada que demostrar mas que cifras y numeritos y hojas de balance.


“El respeto se gana, no se pide”, me dijo el otro día una filósofa. Ella había tenido problemas con uno de sus alumnos porque el chico se había sentido ofendido por un comentario demasiado ácido de su maestra. La filósofa le dejo las cosas en claro: “cuando estés al mismo nivel intelectual que yo y me puedas explicar tus ideas con fundamentos, entonces hablamos. En lo que eso pasa, siéntate y déjame dar mi clase”. Es respeto se gana.


Tal vez suceda lo mismo en las miles de oficinas de la ciudad. El modelo se replica: no nos respetamos a nosotros mismos y hasta que eso no suceda, no podemos ganarlo de nadie más. El alumno de la anécdota sólo tenía que leer y cultivarse. El hombre de traje y corbata sólo tiene que encontrar su centro y después cornear el mundo exterior con sus ideas. Es tan fácil que da miedo.



Encontrar balance. Encontrarte a ti.

3 comentarios:

  1. Si todos tuviéramos los huevos para trabajar en lo que nos gusta, en lo nuestro, creo que sería un mundo si no más feliz, más pacífico.

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  3. Y siempre me acuerdo de:

    Run away from all your boredom, run away from all your whoredom and wave your worries, and cares, goodbye.

    All it takes is one decision, a lot of guts, a little vision to wave your worries, and cares goodbye.

    http://www.youtube.com/watch?v=gVT_3PEgDIM

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