viernes, 16 de noviembre de 2012

Astrea, la Virgen


Astrea era la diosa de la inocencia y la pureza. Es una diosa de los griegos y la devoción hacia su    imagen llegó a su punto más alto cuando esa civilización dominó el arte del Hierro, que propicia la guerra y el control. También desembocó en el dominio del hombre sobre su par. Del cultivo de semillas   pasamos al cincelado de las gargantas de piedra y metal, profundas y oscuras, en las entrañas de la tierra. Oro, gemas, lapislázuli.

La diosa no estaba contenta. Tampoco lo estaba Themis, su mamá, que detiene una balanza de nuestros actos. Los romanos y los latinos la conocían como Justicia. La compasión de los hombres era cosa del pasado. Ahora se glorificaba la guerra. Uno por uno los dioses dejaron su lugar a los hombres de armas, a los héroes mitológicos de las grandes historias épicas. Por eso Astrea fue la última en abandonar su plano terrenal.  Hasta el último momento esperó algo bueno de los últimos pobladores del Mundo.

Pero todo tiene un límite. Y Jupiter, y los dioses, y las diosas, y las otras deidades la levantaron hacia la bóveda nocturna como la constelación de Virgo. Astrea se llevó un par de balanzas y las pasó a Libra, su constelación vecina, por eso una sigue a la otra en el calendario zodical de las 12 casas.

Después, viendo la situación del Hombre, Jupiter arrasó con todos los seres vivos del planeta. Primero fuego, después oscuridad, y sólo para asegurarse de que no había quedado ni un sólo ser que pudiera correr, caminar, bufar o reptar, pidió a su hermano Neptuno que inundara la faz de la Tierra.

(Una paráfrasis del libro "Bulfinch's Mythology", 1959)

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