domingo, 16 de diciembre de 2012

Crisol

La primera vez que te extrañé fue un día después de clase. Habría en cuarto o quinto de primaria y ese día tenías que jugar un partido amistoso de basquetbol contra una escuela regional. De clase al camión y del camión a la escuela rival y de ahí directo a jugar contra ellos. Tú tenías uno o dos años. Yo nueve o diez. A esa edad es difícil entender la lascitud del Tiempo, así que salir a las 8 de la mañana de casa y regresar a oscuras se siente como un periodo inmensamente largo. Una vez que acabó el partido--justo en invierno, como ahora--razoné que ese día no te vería más. A los dos años la gente se duerme al caer el Sol.

Y entonces, como un plomo al vacío, me percaté de que ese día no te vería más. ¿Realmente necesitaba verte todos los días? (¿O al menos saber que estabas bien para verte al día siguiente?) Hasta este día sigo creyendo que sí. Ese día del partido fue el primero y el último que no sabría absolutamente nada de ti.

Felicidades. 




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