domingo, 7 de diciembre de 2014

Exaltar al poder. La apropiación de los ideales del liberalismo en las imágenes de Porfirio Díaz



RESUMEN

Porfirio Díaz fortaleció su estancia en el poder con el uso de representaciones gráficas que exaltaron sus capacidades militares y lo plasmaron, además, como un líder fuerte, pero liberal. Los distintos periodos de Díaz coincidieron con innovaciones mediáticas que, sumadas a las representaciones gráficas tradicionales, hicieron que las acciones del dictador se engrandecieran. Así, forjó una legado visual que sobreviviría a su tiempo. Las imágenes para sustentar dicha afirmación se muestran en un anexo gráfico al final de este texto.

  1. INTRODUCCÓN
Mucho se ha escrito sobre Porfirio Díaz, el dictador que gobernó de 1876 a 1880 y de 1884 a 1911, más un interregno de Manuel González de 1880 a 1884. Para Díaz (Oaxaca, 1830-1915), el ejercicio del poder significó obviar la ley, en distintos momentos, para justificar el progreso y la paz que México experimentó durante su régimen. En ese contexto, Díaz se asume como un continuador del liberalismo que implantó Juárez. Las imágenes de su persona reflejan este concepto, de acuerdo con las pinturas, fotografías, grabados, fotograbados e ilustraciones que se hicieron de él durante sus distintas estancias en el poder. Al mismo tiempo, Díaz se apropió del discurso liberal juarista para justificar su acciones. Es, entonces, un liberalismo sui generis que vio en el orden y el progreso las dos líneas más importantes para llevar a México a la senda de un país moderno, a pesar de sus abusos de poder.

Imagen y representación gráfica del poder siguen siendo elementos básicos de los gobiernos, como aún se observa en México al momento de la redacción de este reporte. Díaz lo entendió hace más de un siglo. Su imagen debía concordar con su forma de gobernar: paternalista, fuerte, única, sin disentimiento. Para este trabajo he recolectado una serie de imágenes que evidencian estas características y que fueron publicadas en el periódico pro gobiernista El Mundo. Semanario Ilustrado (después El Mundo Ilustrado) durante el porfiriato. También incluiré algunas pinturas de ese mismo periodo para recalcar mi hipótesis. Un trabajo más completo y sin duda más balanceado incluiría imágenes de otras fuentes, sobre todo aquellas de la prensa opositora a Díaz, las cuales fueron muy ricas y diversas. Las limitaciones de tiempo y espacio me obligan a mostrar sólo una estrecha producción del rico material que se publicó en México en esa época.

Este trabajo parte de una pregunta central: ¿cómo asume Díaz el liberalismo? Tocaré algunas de sus ideas sobre este tema a partir de sus comentarios en la entrevista Díaz-Creelman, publicada en marzo de 1908 en la edición número 3, volumen XIX, de la Pearsons Magazine bajo el título “Héroe de las Américas”. Este es un texto laudatorio en donde se exalta a Díaz como un héroe romántico, es decir, como un hombre dispuesto a sacrificar su propia vida por un ideal imposible de alcanzar. En este caso, ese ideal es la entrada de México a la modernidad. Es un artículo que resalta a Díaz a través del progreso que ha hecho México durante su gestión. Se ensalzan sus hazañas de guerra. Además, se le pregunta sobre cómo ve el gobierno y el uso de la violencia, por lo que ha sido criticado, y su relación con Estados Unidos. Visto a la distancia, la entrevista también es un buen documento para entender los pensamientos del dictador y su muy particular visión del liberalismo. Para empezar, Díaz está seguro de haber continuado el legado de Juárez:

Preservamos la forma republicana y democrática de gobierno. Defendimos la teoría y la mantuvimos intacta. Pero adoptamos un programa patriarcal en la administración de los asuntos de la nación, guiando y restringiendo tendencias populares, en completa fe que una paz con base en la fuerza permitiría a la educación, la industria y comercio desarrollar los elementos de estabilidad y unidad en una gente naturalmente inteligente y bondadosa1.

Vemos de entrada que Díaz considera al liberalismo mexicano como una idea valiosa, pero que debe ser controlada. Es decir, hay libertad, pero no completa. Pero además, las distintas clases sociales deben cumplir sus funciones específicas si desean que México se modernice: la clase media es la “parte activa” de la sociedad, que quiere mejorarse a sí misma y que “se preocupa de la política y del progreso general”, a diferencia de los ricos que “están demasiado preocupados con sus riquezas y sus dignidades para que sean de mucha utilidad en el avance del bienestar público” o los pobres, “demasiado ignorantes como para tener poder”2. Después agrega que, en general, el mexicano piensa mucho en sus derechos, pero no en los de otras personas, lo cual indica, según Díaz, que los principios de la democracia no han sido bien plantados aún entre sus gobernados. Es un trabajo que está por cumplirse, pues el mexicano promedio piensa más en sus privilegios que en sus obligaciones. De nuevo, unos párrafos más adelante, resurge en Díaz la idea de un libertad, pero delimitada: “La capacidad de poder controlarse es la base de un gobierno democrático, y la capacidad de poder controlarse sólo es posible para aquellos que reconocen los derechos de sus vecinos”, le dice a Creelman3. El dictador más tarde comenta que al inicio de su gobierno tuvo que ser más duro de lo que es ahora, pues eso es lo que el país requería en ese momento, casi al “punto de la crueldad, pero todo fue necesario para la vida y el progreso de la nación. Si hubo crueldad, los resultados lo han justificado”4. Se derramó sangre mala y se salvó la buena, explica después. “Era necesaria la paz, incluso una paz con base en la fuerza, para que la nación tuviera tiempo de pensar y trabajar. Educación e industria han continuado el trabajo que comenzó el ejército”5. Cuando Creelman le pide profundizar en la educación, apunta que es una tarea pendiente del Gobierno nacional, el cual debe armonizar el entrenamiento de sus gobernados para que se intensifique la unidad, pues “cuando los hombres piensan de una misma forma y piensan de una misma manera es más probable que actúen de la misma manera”6.

Las ideas centrales sobre el liberalismo porfirista vienen en la parte medular de la entrevista, cuando habla del individuo y de las naciones. Para el dictador, una nación es la suma de sus individuos y una es inseparable de la otra. Podemos ver entonces que el progreso, en su concepción, sólo se logra cuando los hombres que pertenecen a esa nación hacen de lado sus rencillas y sus propias ambiciones:

Los hombres son más o menos iguales en todo el mundo […] Las naciones son como los hombres. Deben ser estudiadas y sus motivaciones entendidas. Un gobierno justo sólo es la ambición colectiva de las personas, expresado en forma práctica.Todo se reduce al estudio del individuo. Es el mismo en todos los países. El individuo que apoya a su gobierno en la paz o la guerra tiene algunas razones personales. La ambición puede ser buena o mala, pero es, en el fondo, ambición personal. El comienzo de un gobierno verdadero es el descubrimiento de esa razón, y el que gobierna debe buscar no extinguir sino regular la ambición individual7.

El paternalismo liberal de Díaz, si así podemos llamarle, queda marcado cuando observa que ha tratado de entender los deseos individuales de sus gobernados, el cual actúa la más de las veces con el corazón y no con la mente. Él es el único que puede guiar al pueblo en las acciones, más allá de la teoría liberal:

Tuve que pensar un gobierno yo sólo. Tenía que ser el gobierno yo mismo. Creí en principios democráticos en ese entonces y aún creo en ellos, a pesar de que las condiciones han requiero de fuertes medidas para asegurar la paz y el desarrollo que deben preceder a un gobierno absolutamente libre. La teoría política por si sola no creará una nación libre8.

En el fondo, sintetiza Díaz unas líneas más adelante, un gobierno progresivo es aquel que debe buscar el bien del pueblo, pero siempre debe tener un “apaga fuegos” a la mano por si la ambición natural de alguno de los gobernados “brilla con demasiada intensidad”9.

Sobre la religión dice que no está en contra de ella, sino opuesto a la idolatría. Los religiosos no pueden votar ni tener cargo público ni usar traje distintivo en público, pero el individuo sí puede profesar una religión, ante la cual el dictador “no guarda ninguna hostilidad; al contrario, a pesar de toda la experiencia pasada, creo firmemente que no puede haber verdadero progreso nacional en ningún país o en ningún tiempo sin una religión verdadera”10.

Díaz representa para él mismo, como vemos, el orden, el continuismo de la esencia de las ideas liberales juaristas y el paternalismo. La modernidad sólo se consigue al sacrificar las ambiciones personales, las cuales no pueden estar por arriba del colectivo. Cuando ha tenido que aplicar la fuerza lo ha hecho, olvidando los ideales liberales y el estricto apego a la ley. Al final de camino, sin embargo, el barco se encuentra enfilado a la modernidad y el progreso. El hombre es una síntesis del tumultuoso siglo XIX, el cual, en México se acaba con la caída de su régimen, de acuerdo con Gómez11.

Ese mismo historiador considera que en el porfiriato se consolidaron los esfuerzos de Juárez y Lerdo para fortalecer a la nación y se profundizó en el nacionalismo, al mismo tiempo que se hicieron importantes cambios económicos y sociales a partir del poder ejecutivo sobre otras instituciones locales. El proceso de modernización se intensifica de 1880 a 1911, época de importantes avances económicos12. Los sentimientos nacionalistas aumentaron en ese periodo por “la adhesión a la independencia política, preponderancia del Estado sobre otras instituciones, los sentimientos de lealtad hacia la nación, una xenofilia limitada, solidaridad al gobierno republicano y sentido de territorialidad”13. Gómez concluye que durante el porfiriato inició un proceso en donde quedaron incorporados las lecciones del pasado, las deficiencias del presente y las esperanzas del futuro que a la postre formaron la estructura ideológica del México del siglo XX14. Pero este avance hacia la modernización material no estuvo acompañado del progreso político y, como recuerda Staples, esa fue justa la razón de la caída de Díaz. Esto le dio una incapacidad estructural al sistema para darle salida a los problemas de la democracia y la libertad y fue el impulso que dio dirección al llamado de las armas de Madero para intentar crear un país más justo y más libre15. A pesar de eso, la investigadora acepta que durante el porfiriato, gracias a un pequeño grupo de liberales, se desarrolló una ideología nacional con elementos modernizadores basados en el liberalismo en el marco de un gobierno centralista y un ejecutivo fortalecido, negociaciones y conciliaciones. “A fin de cuentas se logró consolidar un Estado liberal, definido en el discurso político como secular y no corporatista, librecambista y defensor de la propiedad privada”, afirma Staples16.

El aglutinante para lograr dicha estabilidad fue el progreso material. Este avance sólo podía estar aparejado de un caudillo mestizo indispensable, según Krauze, una persona que encarnase a la autoridad misma, la cual había nacido en Oaxaca bajo elementos teocráticos, en donde el dictador quiere ser un padre inmenso que debe regañar a sus hijos irresponsables y dependientes: mandar es una religión17. Con Díaz, agrega, llega al final la era del progreso político de Juárez y el país entra a la del progreso material. Este adelanto fue simbolizado con mayor claridad en los ferrocarriles, inaugurado ya por Sebastián Lerdo de Tejada en 1873 y expandidos por Díaz, sobre todo hacia el norte del país. La máquina le sirvió al mismo Díaz para ganar mayor control militar y centralizar la administración del territorio nacional18. Al mismo tiempo, aumentó la red telefónica y telegráfica. De acuerdo con Krauze en 1876 había apenas 638 km de vías férreas; para 1910, un total de 19 mil 280. Se contaban sólo 9 mil km de tendido telegráfico en 1877; en 1900, ya 70 mil km. La red postal, hacia esa misma fecha, alcanzó 90 mil km. El resultado, según el mismo autor, fue el aumento del mercado interno y externo, el robustecimiento de la industria minera e industrial y mayor inversión extranjera19. El periodo en donde se avanzó con mayor intensidad en el desarrollo nacional, es decir de 1876 a 1888, fue en el que Díaz aplicó con mayor sagacidad lo que aprendió como militar y como heredero del poder teocrático de sus antepasados, postula Krauze, uno en donde aplicó doce riendas para embridar a la nación e instaurar el reino del orden y la paz: represión o pacificación, divide y vencerás con los amigos, control y flexibilidad con los gabinetes y los gobernadores, sufragio inefectivo, sí reelección, domesticación del Poder Legislativo, domesticación del Poder Judicial, ‘pan y palo’ con el ejército, política de conciliación con la Iglesia, gallardía en la política exterior, acoso a la prensa, doma a los intelectuales y culto a la personalidad20.

Es precisamente en ese último apartado en donde profundizaré más tarde para sustentar este reporte. Pero antes, daré un breve marco conceptual para entender la situación de las artes durante el siglo XIX, pues las imágenes que se crearon de Díaz durante su régimen se entiende mejor si el lector conoce la sensibilidad estética de ese momento.

  1. VISTAZO AL ARTE Y LA ESTÉTICA MEXICANOS DE FINALES SIGLO XIX

Al igual que la situación socio-política de México durante el decimonónico, el arte en México a lo largo del siglo fue una mezcla de corrientes y tendencias. Para el fin de siglo, la efervescencia técnica y filosófica se materializaba en distintas expresiones artísticas. Algunos lo han definido como “ecléctico”, pues no hubo una corriente concreta que se instalara en el país durante el periodo, como sí se puede delimitar claramente en Europa durante el transcurso del XIX21. En México, el arte del fin de centuria fue a veces clasicista, otras realista e idealista, monumental, histórico, costumbrista o romántico, escribe Fernández, y metió al país a la modernidad: “el arte moderno del siglo XIX significa que México realizó entonces su ideal histórico: ser sí mismo siendo como Europa.22. La arquitectura porfiriana fue claramente influenciada por Francia, Inglaterra y Alemania, se embelleció el Paseo de la Reforma a manera de las rue parisinas y se instalaron sobre el mismo distintas estatuas de héroes del pasado para exaltar el nacionalismo y hacer renacer el indigenismo23. En la pintura se aprecia el trabajo de academia y muy particularmente del paisajismo.

Tal como señala Velasco, considero que el arte es un bello instrumento de revelaciones, en donde el artista está sujeto a las condiciones materiales e ideológicas de su época para dar testimonio de aquello que le rodea24. El paisajismo de nuestro periodo de análisis refleja la aparente estabilidad social de la pax porfiriana. El orden de la naturaleza logra un equilibrio con el régimen de lo humano y cuando ambas están en sintonía, se llega a la unidad. En los paisajes de esta época también se reflejan la fabricada libertad del hombre, la cual es sólo aparente ante el orden natural. En pocos palabras, el amor a la libertad es uno de los valores principales de la pintura paisajista de estos años, la cual revela orden y precisión25. En estas obras también se nota el avance de la época. La ciencia traza sus líneas simétricas en los horizontes de los artistas. Tal vez por eso las pinturas de estos años comienzan a tender hacia el realismo, ligado a la materialidad de las cosas, a aquello que se puede ver. “Es, en fin, el ferviente deseo de colocar al arte en el mismo plano de la ciencia y la técnica”, el cual dio como resultado el positivismo26. Al igual que Díaz, los lienzos porfirianos quisieron afirmar el nacionalismo mexicano para hacerlo universal y, con eso, alcanzar a las naciones cultas. El culto es la pasión por la patria; el objetivo es crear un santoral cívico y una exaltación de las propias costumbres que conduzcan al progreso, por más que este aparezca ennoblecido, artificial, dice Velasco; y después agrega:

El arte ahora [en el XIX] debe ademas de ser un elemento inspirador de un amor patrio, coadyuvar al progreso de la sociedad. El arte es parte del engrandecimiento nacional, riqueza pública y gloria de la nación; auxiliar de la ciencia y la industria, riqueza pública y gloria de a nación. Influye en la moral y en los instintos de las masas27.

Dos grandes paisajistas ilustran ese ideal: José María Velasco y Joaquín Clausell. El segunda muestra en su obra el estado de ánimo de paz de Diaz, no hay angustias ni problemas. El primero intenta definir cómo es México. Velasco, por otro lado, intenta equiparar el orden natural con el orden social del porfiriato. El Puente de Metlac (1881), una de sus pinturas más conocidos, plasma dos máquinas de ferrocarril echando humo y corriendo sobre las vías, en medio de la naturaleza veracruzana. “Es el progreso que cruza”28, dice Krauze.

Además de los paisajistas, la pintura porfirista se ejecutó, claro, bajo encargo oficial, para decorar su imagen. El dictador utilizó a la Escuela de Bellas Artes para pintar glorias pasadas, sirviéndose principalmente de Francisco de Paula Mendoza29. Aquí también aparecen las pinturas de José María Obregón, quien plasma a Díaz como un soldado orgulloso que ha cumplido su deber. Otro retrato anónimo de la época nos pinta a un Díaz avanzado en años, muy diferente al de Obregón. (Figuras 1 y 2 del anexo gráfico). Aunque ambos son retratos de corte acadecimista, el segundo sale de lo “estereotipado y lo habitual cortesano”30. Pero el porfirismo tal vez fue más marcado en el arte áulico, palaciego. Es la época en que todo se hace para exaltar la figura del presidente:

En el arte, el lenguaje adulador se sustentó en la suntuosidad de la obra pública, en el discurso literario-político y en la “devoción pictórica”. El héroe de la guerra de intervención, el vencedor de Miahuatlán y La Carbonera, el conquistador de Puebla, el indomable que dos veces escapó de sus captores para volver a empuñar las armas por la patria, todo esto era la imagen que la adulación sostuvo para acallar los crímenes y el despotismo de la dictadura31.

Ahí está la Batalla del 2 de abril (1902) (Figura 3), de José Cusachs y Cusachs, la cual se usó para fines propagandísticos. En ella, el militar Díaz da órdenes a sus tropas sobre un corcel (el caballo, generalmente de gran alzada, será recurrente en este tipo de pinturas en donde aparece Díaz (ver Figura 19 y varias más). Por otro lado está Prisioneros de guerra de los franceses (1906) (Figura 4), de Germán Gedovius, en donde el prisionero principal, claro, es Díaz. A los pies del óleo se ve un grupo de lanceros mexicanos, los cuales no están de acuerdo con las posturas liberales de esa época; “son los traidores, dice Díaz en sus memorias”32. Como dijimos arriba, uno de los pintores más representativos del porfiriato fue de Paula Mendoza, el cual sintetiza en sus cuadros el militarismo y el paisajismo. De acuerdo con Baez, “es probable que abordara este género porque siendo profesor en el Colegio Militar pudo recibir encargos oficiales en los que se encomendaba revivir las grandes hazañas de Porfirio Díaz”33, tal como vemos en La Batalla de Miahuatlán (1906) (Figura 5), Batalla de la la Carbonera (1910) (Figura 6) y, de nuevo, en La batalla del 2 de abril de 1867. Entrada del general Porfirio Díaz a Puebla (1902) (Figura 7). En las tres, el papel de Díaz es preponderante.

Durante su estancia en el poder, Díaz no sólo fue representado en distintas obras, sino que ligó su figura con las raíces de la cultura mexicana. Además de la estatua de Cuauhtémoc que se instaló sobre Paseo de la Reforma, durante su régimen fue fotografiado frente a distintas esculturas aztecas del Museo Nacional en una especie de ritual que buscó darle legitimidad como símbolo patrio en defensa de la soberanía, como señala Molina: "a principios del siglo XX era común para los mexicanos celebrar a tres héroes nacionales, además de reconocerlos como hacedores de contribuciones específicas para la evolución del país: a Hidalgo por la Independencia; a Juárez por la libertad; y a Díaz por la paz”34. Los avances mediáticos de la época, vemos, fortalecerían la imagen del dictador.
  1. EL MUNDO ILUSTRADO Y LA EXALTACIÓN DE PORFIRIO DÍAZ
El porfirismo coincide con varios avances tecnológicos que los medios de comunicación aprovecharon para aumentar su alcance, comercialización e injerencia en la formación de la opinión pública. Los años inmediatamente previos a Díaz o que coinciden con su mandato, traen la utilización de la pulpa de madera en un diario norteamericano (1868), el reconocimiento de las propiedades fotosensibles del selenio (1873), la fotografía de plancha seca (1877), la media tinta en los diarios (1880), la máquina de Hoe para plegar periódicos, la cámara manual de Eastman (Kodak) (1886), el celuloide en la fotografía (1888), la cámara cinematográfica de Edison (1889) y el cinematógrafo de Lumière (1896)35. Cito sólo algunos de los avances más representativos; la prensa mexicana y los individuos de esa época sin duda aprovecharon otros para difundir con mayor intensidad y claridad y sus mensajes. Uno de esos medios fue el semanario pro gobiernista El Mundo (después El Mundo Ilustrado. También emitiría un diario con el mismo nombre durante esta misma época), le cual mejoró en calidad y formato editorial a lo largo del porfiriato. Hacia principios del siglo XX, por ejemplo, el periódico había mejorado considerablemente la calidad de su papel, incluía más elementos gráficos, mejores fotografías e incluso algunas secciones a color, con grandes desplegados a doble página.

Pero antes de entrar a detalle en ese medio, vale la pena conocer la situación de la prensa durante el porfiriato. Antes de Díaz, la prensa había permanecido como “el último bastión del liberalismo original y clásico”36. Con Manuel González y Díaz la situación mutó. Es un periodo que se caracteriza por los arrestos, las clausuras de diarios y algunos asesinatos, en el que hay, hacia 1888, unos 130 impresos políticos37. Si ensanchamos el círculo para sumar todas las publicaciones, sin discriminar por tema, para 1907 había en todo el país mil 571 impresos con una circulación mucho mayor de que la había antes del porfiriato, potenciada, en parte, por el aumento de la alfabetización, sobre todo en la Ciudad de México38. En la capital, los impresos se dividían a grandes rasgos en los que apoyaban al régimen y los que lo criticaban. Aunque sus opiniones no eran homogéneas, El Siglo XIX, El Imparcial, El Universal, El Partido, El Heraldo, El Reeleccionista, y El Debate estaban en general en favor del gobierno; en su contra, del lado crítico: El Monitor Republicano, El Demócrata, El Diario del Hogar, El Hijo del Ahuizote, El Colmillo Público y Regeneración39. Los dos exaltaban a la nación, pero unos se dirigían hacia las capas acomodadas de la sociedad y los otros hacia la “nación verdadera”, es decir, al pueblo. Los primeros criticaban a los segundos por obstaculizar el desarrollo nacional con su crítica al gobierno. En esta época, cada bando trata de apropiarse de las cualidades heroicas que debe tener un verdadero patriota: entusiasmo, sacrificio, valor, conciencia, abnegación, responsabilidad, idealismo, y fe40. A partir de 1900, el patriotismo en los medios impresos se focalizó en consolidar la patria a través de la lucha por el futuro de la nación41. Díaz era el hombre indicado para materializar estas aspiraciones.

El Mundo Ilustrado adaptó estos principios en las imágenes que publicó de Porfirio Díaz entre 1894 y 1910. Las ilustraciones, fotografías, fotograbados, y dibujos de Díaz acompañaron una prosa a favor del orden y del régimen. Su figura aparece como el continuador de los principios liberales del juarismo. Dicho eso, cabe señalar que para 1895 publicaba desde Puebla unos 5 mil ejemplares42 (después también tendría oficinas en la Ciudad de México). Su objetivo fue competir con revistas de Europa del mismo corte a partir de un presupuesto considerable, así como distintos avances tecnológicos que experimentó entre 1894 y 1914 (año en que dejó de publicarse) para mejorar su calidad de impresión y los elementos alrededor del texto, como tipografías y técnicas de impresión43. El Mundo se identifica como un medio enfocado a la cultura, dirigido a las clases ilustradas. Abundan los galicismos y los anglicismos en la redacción de sus notas; a veces, los latinismos. Los temas habituales son: lo extranjero (el orientalismo en particular), la moda, la mujer y su belleza, partituras musicales, la vida de la monarquía europea, el progreso material y militar, Palacio Nacional, el Castillo de Chapultepec y el Colegio Militar, así como sus alrededores, la fe (“pero no la idolatría”, tal como le diría Díaz a Creelman), la pintura, la escultura, literatura, arquitectura del México moderno, todo esto entremezclado con editoriales políticas en apoyo al porfiriato. Para recalcar el segmento poblacional al cual se dirige, es curioso notar que publica muchos de sus anuncios en francés.

Durante el periodo analizado vemos amplios despliegues editoriales que alaban las acciones del dictador. Se le conceden portadas enteras, se enaltecen sus acciones militares del pasado y se le aplaude cada vez que inaugura una obra nueva o asiste a un estado en gira oficial. (Ver las figuras 8 a 18 del anexo gráfico). Las fiestas nacionales son motivo suficiente para recordar su patriotismo. Además, critica a Maximiliano cuando se acerca el aniversario de su fusilamiento, el 19 de junio de 1867. Defiende a Díaz cuando lo atacan otros periódicos como El Progreso44, lo felicita por no invadir Guatemala a pesar de su educación castrense (“siempre hemos admirado al actual Presidente por todo lo bueno que hace”45). También remarca los logros de su política económica, acepta que no hay nadie más que pueda ocupar su lugar en la presidencia46, y además justifica su prolongada estancia en el poder gracias a su evolución política (“El General Díaz es apto al puesto que ocupa, no por héroe sino por político, no por militar sino por hombre de Estado”47). Rechaza el sufragio al calificarlo como indisciplina e intenta hacer prevalecer su propia autoridad48. Cuando se acerca el aniversario del 2 de abril de 1867--el asalto y toma de la batalla de Puebla por Díaz—se hace un amplio despliegue durante dos semanas de las condecoraciones a entregársele, primero, y después del acto mismo (“...el recuerdo de la memorable jornada se agiganta...¡Fecha gigante! ¡Día imperecedero!”49). Por otro lado, admira su austeridad militar. En uno de los números dedicados al Castillo de Chapultepec, apunta en sus últimas líneas:

En medio de tanto lujo y tanta riqueza que hay en el alcázar de Chapultepec, se encuentra una salita en la planta alta, con alfombra gastada, una cama de latón común y corriente, dos burós y dos sillas. Esta pieza es la recámara que ocupan, cuando viven en el Castillo, el Sr. General Díaz y su esposa50.

Las loas aumentan cuando Díaz inaugura una obra pública: “vemos en esas obras, uno de sus más hermosos triunfos, que acaso, lo enorgullezca legítimamente[...]bastaría este [acto] para perpetuar su memoria”51.

El Mundo creó así una imagen de Díaz que fortaleció su estancia en el poder. De acuerdo con Krauze, el dictador utilizó su imagen personal para mejorar la opinión que se tenía de él en México y en el Mundo52. El Mundo aprovecho esa vertiente del poder para ofrecer a sus lectores la imagen de un México moderno, liberal, encabezado por el hombre correcto. Un hombre atlético en su juventud, por cierto, sólido como roble en su años maduros, el cual que hacía ejercicio cada mañana, que pasó del general mestizo al general tapizado de medallas, opina el mismo autor53.
    1. CONCLUSIÓN
A lo largo de este reporte he tratado de demostrar cómo es que la imagen de Díaz fue aprovechada por el dictador para enaltecer su estancia en el poder, asumiéndose como un continuador del liberalismo, a su modo, para modernizar a México. He demostrado como al menos un periódico, El Mundo, apoyó a Díaz y lo vistió con una iconografía acorde a la representación de poder que el dictador quería mostrar ante sus gobernados. Lo mismo sucedió con algunas pinturas de época que glorificaron sus hazañas de guerra. Con esto se logró, como postula Krauze, unificar temporalmente los extremos de los grupos liberales y conservadores y así liberarse del conflicto que había sangrado al país a lo largo de casi todo el siglo XIX. “Solo la identidad plástica de un mestizo pleno podía discurrir la conciliación”, resume54. Díaz se vio favorecido cuando los avances técnicos de los medios de comunicación llegaron a México hacia finales del decimonónico, como lo constata El Mundo. Ahí se le inmortalizó hasta nuestros días como una síntesis poder absoluto derivado de la destilación de las ideas liberales que se debatieron en México antes y durante su estancia en la presidencia.

ANEXO GRÁFICO




1José Maria Luján. Entrevista Díaz-Creelman. Cuadernos del Instituto de Historia, Serie Documental No. 2m UNAM, México, 1963, p. 237. Remito al lector al texto original en inglés de la entrevista. La traducción es mía. Encuentro defectuosa la traducción al español que se encuentra en la segunda parte del libro.
2Ibid, p. 240, traducción propia.
3Ibid, p. 241, traducción propia.
4Ibid, p. 244, traducción propia.
5Ibidem
6Ibid, p. 245, traducción propia.
7Ibid, p. 249, traducción propia.
8Ibid, p. 250, traducción propia.
9Ibidem
10Ibid, p. 277, traducción propia.
11Juan Gómez. Porfirio Díaz, los intelectuales y la revolución. Ediciones El Caballito, S.A, México D.F., México, 1981, p.6.
12Ibid, p. 33.
13Ibidem.
14Ibid, pp. 217-218.
15 Anne Staples et al. El dominio de las minorías. República restaurada y porfiriato. El Colegio de México, México D.F., 1989, p. 14.
16Ibidem.
17Enrique Krauze. Porfirio Díaz. Místico de la autoridad. (Investigación iconográfica: Aurelio de los Reyes). Serie: Biografía del poder, Fondo de Cultura Económica, México D.F., 1987, passim.
18Alicia Hernández. Las fuerzas armadas mexicanas. Su función en el montaje de la República. (Serie Antologías). El Colegio de México, México D.F., 2012, p. 56.
19Krauze, Op. Cit., pp. 103-114.
20Ibid, pp. 31-32.
21Justino Fernández. El Arte del Siglo XIX en México. Universidad Nacional Autónoma de México, México, D.F, 1967. Primera edición 1954, p. 137.
22Ibidem.
23Ibid, p. 167 y p. 174.
24Jesús Velasco. México en la visión de sus paisajistas del siglo XIX. (Ensayo de interpretación histórica a través del arte). Tesis. Universidad Nacional Autónoma de México, México D.F., 1970, p. 8.
25Ibid, p. 23.
26Ibid, p. 26.
27Ibid, p. 95.
28Krauze, Op. Cit., p. 116. y p. 118.
29Eduardo Baez. La pintura militar de México en el siglo XIX. Fotografía: Lourdes Grobet, Secretaría de la Defensa Nacional, México D.F., 1992, p. 80.
30Ibidem.
31Ibid, p. 137.
32Ibid, p. 138.
33Ibid, p. 159.
34Carlos A. Molina. "1821-1921-1951: la mexicanidad y su arte" en Luz María Sepulveda (coordinadora). Las artes plásticas y visuales en los siglos XIX y XX. Tomo VI. Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, México D.F., 2013, p.41.
35Asa Briggs y Peter Burke. De Gutenberg a internet. Una historia social de los medios de comunicación. Ed. Taurus, España, 2002, passim.
36Krauze, Op. Cit., pp. 50-51.
37Ibidem.
38Gómez, Op. Cit., p. 50.
39Ibid, p. 129.
40Ibid, pp. 155-159.
41Ibidem.
42“Circulación de periódicos en México” en El Mundo, 12 de mayo de 1895. Este y los demás ejemplares del periódico pueden encontrarse en los Acervos Históricos de la Universidad Iberoamericana, reunidos en distintos tomos. En este caso el documento se localiza en el tomo I, 1-27 (1894-1895).
43Vanessa Fusari. El Mundo Ilustrado 1895-1900. Escenarios gráficos, arquitectura, mobiliario y vestido. Universidad Iberoamericana, Ciudad de México, 2002. tesina, p. 9.
44“Notas Editoriales. How many?” en El Mundo, 18 de noviembre de 1894.
45La Frontera Sur de México”, Ibid.
46“Notas Editoriales. Los estados de la Federación y Guatemala” en El Mundo, 16 de diciembre de 1894.
47“Notas Editoriales” en El Mundo, 6 de enero de 1895.
48“El Ejército y la República” en El Mundo, 3 de marzo de 1895.
49“Notas Editoriales” en El Mundo, 7 de abril de 1895.
50“El Castillo de Chapultepec” en El Mundo, 26 de mayo de 1895.
51“Las obras del desagüe del Valle de México” en El Mundo Ilustrado, 25 de marzo de 1900. Tomo I, 1-25 (1900)
52Krauze, Op. Cit., p. 52.
53Ibid, p. 77.

54Ibid, p. 86. 

OBRAS CITADAS

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