jueves, 21 de mayo de 2015

Joaquín García Icazbalceta y la importancia de las fuentes primarias

Experto en la Nueva España del siglo XVI, el historiador y bibliófilo Joaquín García Icazbalceta (Ciudad de México, 1825-1894) es uno de los primeros intelectuales del Mexico decimonónico que realizó su labor historiográfica sin influencia política abierta, como efectivamente sí lo hicieron otros autores de su época que avanzaron por los caminos liberales o aquellos identificados con ideas más conservadoras. Icazbalceta fue un historiador enfocado en la valía de las fuentes primarias. Incluso, prefirió muchas veces publicar la fuente primaria y evitar por completo su interpretación. Dicha rigurosidad científica es su sello particular y marca un cambio en el trabajo historiográfico que se realizará en el país tras su legado.

El autor nació en una cuna acomodada pero se mudó a España en 1829, cuando el gobierno mexicano expulsó a los peninsulares. Icazbalceta regresaró para quedarse en definitivo en 1836. Más allá de ese acontecimiento, que sin duda marcó su vida, sus biógrafos coinciden en que no fue hasta la muerte de su esposa, en 1862, que otra desavenencia personal marcó su vida. En el intermedio, claro, el país vivió la independencia tejana, la guerra contra Estados Unidos y después la guerra de Reforma. 

Pero dichos sucesos, amen de los problemas económicos que le crearon, parecen haber pasado a segundo término en relación a los estrictos hábitos de trabajo que seguía nuestro autor, el cual se levantaba desde muy temprano para escribir tras un baño de agua fría, a lo que seguía otro espacio de trabajo pero ligado a asuntos mundanos de negocios para finalmente comer hacia las 16:00 horas. Después, despechar en su biblioteca visitas ligadas al mundo intelectual.1 

Dicho orden sistemático nos revela una persona que prefiere la calma y la soledad al barullo social. En efecto, el autor nunca ocupó cargo político alguno. Su inquietud intelectual sorprende aún más cuando se aprecia que fue, en esencia, un autodidacto que desde muy joven tuvo una clara inclinación hacia la escritura y los idiomas.

El periodo más productivo de Icazbalceta transcurre entre 1867 y 1884, es decir, durante la República Restaurada y el Porfiriato. En ese lapso salieron a la luz sus dos obras más conocidas: Don Fray Juan de Zumárraga...Estudio Biográfico y Bibliográfico (1881) y Bibliografía Mexicana del Siglo XVI (1886). La primera es una defensa del trabajo del religioso para con los indios, acusado por los liberales de la época de ignorante y fanático. En ese texto lo rescata de las acusaciones que le habían hecho Teresa de Mier, Carlos María Bustamante en cuanto a la destrucción de los códices mexicas, la cual, dice Icazbalceta, había sucedido antes de la llegada de Zumárraga. 

La segunda obra reúne un catálogo razonado de libros impresos en México entre 1539 y 1600. La magna obra ofrece una vívida descripción de la Nueva España a la llegada de los españoles, con todo el dinamismo y los conflictos que ese choque de civilizaciones trajo consigo. Es tal vez por eso más irónica la fuerte polémica que vivió cuando su filtró su Carta Antiaparicionista (1883), en donde manifiesta que el mito de la Virgen de Guadalupe ha sido una invención. El documento era privado, dirigido al Arzobispo Labastida, pero su filtración y publicación como estudio anónimo le atrajo cierta notoriedad que contrastó con sus prácticas de católico creyente (de hecho, se había expresado en contra de la confiscación a las propiedades de la iglesia durante la Reforma). 

Dicho eso, el documento sería un buen ejemplo de la obra general de Icazbalceta: aunque la verdad incomoda, no debe ocultarse. Esta revisión metódica de la descripción que ofrecen las fuentes primarias, antes que la interpretación de las mismas, sería un pilar fundamental de la historiografía mexicana moderna, la cual iniciaba su desarrollo y viviría momentos importantes durante el Porfiriato, en donde el positivismo, obsesionado con las evidencias, sería la ideología dominante.

En general, nuestro autor vivió convencido que se podía contribuir al conocimiento de la historia mexicana colonial más efectivamente publicando documentos raros o inéditos que escribiendo trabajos originales2

De ahí su celo por coleccionar esos materiales y prepararlos para su publicación, aún cuando éstos fuesen escasamente vendidos (él mismo fue un experto impresor, grabador y encuadernador). Icazbalceta quería serle “útil” al país salvando documentos que, imaginaba, otros historiadores podrían consultar en el futuro para comprender mejor a la entelequia llamada México y con “presentar la exposición sencillísima de la verdad”, como él mismo lo definió.3

1 Martínez, Manuel Guillermo. Don Joaquín García Icazbalceta. Su lugar en la historiografía mexicana. Traducción, notas y apéndice de Luis García Pimentel y Elguero, Ed. Porrúa, México, 1950, p. 14.
2Ibid, p. 62.

3Ibid, p. 57.

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