lunes, 14 de septiembre de 2015

El califato omeya en la España de los siglos X y XI


En este texto resumiré los datos más relevantes del tercer capítulo del libro Manual de Historia de España, Vol. II: La España medieval (1993), escrito por José Luis Martín, titulado “El califato cordobés”. El texto describe los periodos de Abd al-Rahmán III (929-961), Al-Hakam II (961-976) y Almanzor y sus hijos (976-1009).

El autor nos remite a lo sucedido en Al-Andalus a partir de 929, año en que el emir omeya Abd al-Rahmán III se proclama califa o sucesor del profeta y con eso rompe con el grupo abasíes de Bagdad, ligados a la dinastía de Abu-l-Abbás. Con esto puso fin a las revueltas internas y comenzó la expansión cordobesa. El gesto también significó un golpe para los fatimíes, sucesores de Fátima, los cuales pretendían reunificar el mundo musulmán desde el Norte de África basándose en corrientes igualitarias. El movimiento no afectó a Bagdad, a cuyos califas ignoraban los omeyas cordobeses desde el siglo VIII (en el siglo VIII, los omeyas habían sido sustituidos en Damasco por la dinastía abasí). Los herederos de Abd al-Rahmán III llevarían ese título hasta la desintegración política de Al-Andalus en los primeros años del siglo XI. 

El auto-nombramiento de Abd al-Rahmán III también tenía intenciones comerciales y militares, en particular para controlar las rutas comerciales del Norte de África que iban hacia Al-Andalus y que eran amenazadas por los fatimíes. Para lograr esto, usó a mercenarios beréberes y eslavos, además de un ejército árabe. Estos grupos ganarían tanto poder que acabarían siendo una de las causas de la desintegración de Al-Andalus, ante el descontento de la aristocracia árabe. Antes de ese desenvolvimiento, sin embargo, el poder que ejercía el califa pasó a manos del caudillo militar Almanzor (Al-Mansur, “El Victorioso”) y sus hijos y más tarde a jefes militares beréberes y árabes, quienes se enfrentaron por el control califal. Esto permitió ganar poder a los grupos cristianos de la península. Hacia 1031 el califato omeya desapareció y fue sustituido por reinos o señoríos dirigidos por jefes militares árabes, eslavos o beréberes.

Abd al-Rahmán III (912-961) fue emir antes de proclamarse califa. En sus campañas de pacificación derrotó sublevaciones en Sevilla, Bobastro, Badajoz-Mérida, Toledo, Zaragoza, entre otras, así como rebeldes andaluces. En estas conflagraciones también estuvieron involucrados grupos cristianos del oeste de los Pirineos (asturianos, pamploneses), y otros grupos del oeste de la península y norte de Portugal. Después, los califas apoyaron a distintos grupos cristianos para mantenerlos en discordia. En cuestión comercial, ofrecieron regalos e hicieron acuerdos con distintos líderes beréberes del norte de África, así como a los líderes del Imperio Romano Germánico.

Ahora bien, la organización del califato fue sumamente vertical. Su figura sacralizó a la persona en el cargo. Entre otras cosas decidía sobre el gasto público, la política exterior, el ejército y la administración a través del primer ministro (los departamentos quedaban bajo la dirección de un visir). También decidía sobre la selección de jueces supremos.

El poder del califa trajo un importante desarrollo cultural en Al-Andalus. Primeramente, destacó la arquitectura de la ciudad de Córdoba, sus mezquitas, palacios y barrios (después aquella de Medina al-Zahra). Esto fue un símbolo del poder centrado en su figura. Hubo también un florecimiento de la poesía, la filosofía, historia, gramática y la ciencia, en particular la astronomía y las matemáticas, en donde se importó el sistema numérico de India, el cual después, en el siglo IX, pasa al mundo cristiano. Otras técnicas difundidas durante este periodo fueron: la vela latina, los molinos de viento, y la captación de aguas subálveas. Lo mismo con la medicina. Se tradujeron libros médicos del griego, los cuales después llegar al mundo cristiano. En general, durante el califato omeya se cultivó la posesión de libros.

 José Luis Martín termina este capítulo afirmando que el poderío de Al-Andalus comenzó a fenecer a partir de excesiva dependencia de Almanzor en sus tropas mercenarias. El caudillo tuvo que realizar acuerdos con estos grupos de beréberes y eslavos para sostener su régimen, lo que implicó el ascenso social de ambos grupos y la sucesiva inconformidad de los aristócratas árabes. De la misma forma, subió impuestos para poder mantener a su ejército, tanto árabe como mercenario. Tras su muerte, los árabes ejecutaron a su hijo Abd al-Rahmán Sanchuelo y nombraron califa al omeya Muhammad II. 

Al poco tiempo, los mercenarios beréberes nombrar califa al omeya Sulaymán. Ambos grupos acabaron por solicitar el apoyo cristiano, lo que profundizó la división de los distintos reinos en que se dividió Al-Andalus, a pesar de que, formalmente, hasta el año 1031 se mantuvo legalmente un califa en el poder cordobés.

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