viernes, 25 de septiembre de 2015

La España de Fernando de Aragón e Isabel de Castilla


En este texto resumiré brevemente los puntos esenciales del capítulo “La España de los Reyes Católicos”, del libro España, tres milenios de historia, escrito por Marcial Pons. Aquí se expone la importancia del reinado de Fernando de Aragón e Isabel de Castilla en una época en que Navarra, Mallorca, Cataluña, Granada y, hasta cierto punto Valencia, presentaban problemas de índole social, en muchos casos ligados a la tensión entre campesinos y aristócratas, además de problemas económicos. El reino de Aragón se encontraba en  mejor situación que los antes mencionados, pero aún distaba de la solidez del de Castilla, en gran parte por al agreste terreno del primero.

En Castilla, a mediados del siglo XV, vivían unos 4 millones de pobladores, estima el autor. Su población era mayor a la de los otros reinos peninsulares juntos. Dos razones fueron importantes para lograr ese mayor desarrollo de la meseta: la producción de cereal y un robusta cabaña de ganadería lanar trashumante, cuyo producto era bien apreciado al exterior. En la meseta estaba las siguientes ciudades: Valladolid, Burgos, Salamanca, Ávila, Soria, Segovia, Toledo, Talavera, Cuenca, Alcalá de Henares y Medina del Campo. La génesis de este desarrollo, escribe Pons, colaboraron la Iglesia, los magnates y los municipios.

Con ese contexto es como Isabel y Fernando se casan en 1469, tomando en cuenta que la primera obtuvo, al menos simbólicamente, condiciones favorables en el acuerdo nupcial, debido a la superioridad del reino de Castilla. Isabel no quería ser vista como un juguete. Su llegada no estuvo desprovista de intrigas, pues, en teoría, al morir en 1474 Enrique IV de Castilla su hija Juana debió haber sido la reina legítima. Por su parte, Juan II de Aragón falleció en 1479. Así, la unión entre Fernando e Isabel “no se [trató]de una unión de reinos, sino de una unión personal” hasta la muerte de Juan II. Así entonces, la guerra civil fue inevitable entre los juanistas que se negaron a reconocer a Isabel y Fernando.

A ella le tenían miedo, era adusta, y tenía “temple varonil”, decían las crónicas de la época. Fernando fue un buen rey, de comunicación afable, bueno en la guerra, y no desprovisto de hijos bastardos, además de tener voluntad de hierro, según los comentaristas de su época. “Con sus virtudes y defectos, aquella pareja real era lo que Castilla necesitaba después de unos reinados blandengues que la habían puesto al borde de la ruina”. Los reyes entonces comenzaron a tratar de vertebrar un Estado.

Uno de sus primeros acuerdos en las cortes de Toledo de 1480 fue el de restituir el patrimonio real de los bienes en donde los aristócratas y nobles salieron mejor parados. Después se concentraron en la conquista del reino de Granada por motivos religiosos, económicos y políticos.  Esa empresa fue más una serie de asedios que de grandes batallas. Finalmente, Boabdil entregó Alhambra el 2 de enero de 1492. Hubo festejos públicos y se dieron condiciones generosas para los árabes, pero la concordia duró poco tiempo, pues a los dos les molestaban tanto los llamados a la oración desde los alminares de las mezquitas como los toques de las campanas de las Iglesias. Entonces se aceleraron, en 1499, los métodos de conversión. Además, a los mudejares ya se les pedía tributo extraordinario. Por eso se dio una revuelta que terminó en 1501. Seguido este episodio, se lanzaron por las Canarias. También se hicieron de Gibraltar y Melilla.

El autor resumen que después el objetivo de los reyes fue mejorar las relaciones con Portugal, continuar la lucha contra el Islam en el norte de África y mantener presencia en el sur de Italia. Sus razones no eran frívolas: recibían compensaciones de la Santa Sede por extender el reino de la cristiandad. Las relaciones con Francia fueron difíciles, lo mismo que con Italia. Como amenaza estaban los turcos en el Adriático y en Túnez.

Ahora bien, sobre el trato a los judíos por parte de los reyes se ha escrito mucho y no sin razón.  En 1492 se decretó que debían bautizarse o emigrar. No había más de 100 mil en el reino. Eran artesanos, sobre todo, y no tenían grande fortunas. Salieron unos 80 mil a Portugal, Marruecos, Turquía y otros se fueron a otros países de Europa bajo el rótulo general de sefaradíes. Dicho eso, ¿por qué fue tan importante este acto en España? La medida incluso fue aprobada en su momento por humanistas, como Maquiavello y Guicciardini, y sólo fue hasta el Siglo de las Luces que fue criticada. Con la salida de los judíos se perdió dinero de la Hacienda Real (sus bienes confiscados no eran equiparables a las pérdidas de Hacienda) y los propios reyes, que no eran racistas, estaban rodeados de ellos en su corte.

En 1504 murió Isabel la Católica y hubo una grave crisis institucional en el reino. Ella quiso que su hija Juana quedara en el cargo. Pero las Cortes no apoyan esa decisión. Fernando entonces se casó con Germana de Foix, sobrina de Luis XII. Fernando quedó como regente mientras que los arzobispos de Toledo y Zaragoza gobernaron de forma interna. Al final, Fernando designó a su nieto Carlos como su heredero, a la postre Carlos I, quien unió los reinos de Castilla y Aragón en una misma persona.

Pons termina su texto analizando la represión religiosa de la España de los reyes católicos. Es de notarse que durante su reinado el Tribunal de la Inquisición ejerció gran poderío. También se rompió el pacto con los granadinos que les aseguraban su libertad religiosa. Y claro, estuvo el problema de los judíos antes mencionado. La razón, dice el autor, es que esa época los soberanos eran tanto reyes como personas con atribuciones en materia eclesiástica Los herejes era peligrosos en ambos aspectos. Es difícil hoy día, en un mundo secularizado, justificar un actuar religioso, opina Pons.  Los reyes tuvieron el papel de apoyar a la Inquisición tanto económica como estratégicamente.  La Inquisición también fue contra los luteranos, a quienes “ahogaron en su cuna”.

Después de ese hecho, sólo se manifestó en España esa creencia religiosa en casos aislados. La Inquisición controlaba tribunales en España, Sicilia, Cerdeña e Indias y los funcionarios vigilaban a la gente, se pasaban información, y con eso se hacían más poderosas las oligarquías. Tuvo enorme poder en el siglo XVII, aunque en el XVIII, los Borbones la toleraron.

A lo largo e cuatro siglos se estimada que murieron 10 mil personas en todos los países. Pero no sólo se aplicaba castigo corporal, sino económico y la infamia de encontrarse culpable era un castigo durísimo en esa época. La Inquisición entonces persiguió doctrinas, no comportamientos morales (sólo hasta el final se convirtió en guardiana de la moralidad al confiscar pinturas, por ejemplo). Es en esta época cuando se trazó una línea entre la mística ortodoxa y la heterodoxa y se arruinó el espíritu crítico y  la vida intelectual de España. La Inquisición no quiso pelear contra el dogma, lo cual fue un “coadyuvante del declive cultural de nuestro país”, concluye el autor.

No hay comentarios:

Publicar un comentario