miércoles, 9 de septiembre de 2015

Las raíces del Segundo Imperio de Maximiliano

Las raíces ideológicas del Segundo Imperio Mexicano (1864-1867) intentaron resarcir la división social existente entre distintos estratos de la población mexicana. Maximiliano trató de crear una comunidad alrededor de su régimen para lograr una idea de "nacionalidad". Pero ese trabajo se tornó difícil por la clara razón de que el suyo fue un régimen impuesto, apoyado por el nada popular ejército francés que lo secundó de forma pública a lo largo de su mandato.

Como señala Érika Pani en su artículo "El proyecto de Estado de Maximiliano a través de la vida cortesana y del ceremonial público" (1995), el europeo gastó enormes recursos de las arcas mexicanas--mucho más de lo que podía gastar--para solventar un Estado basado en la vida cortesana y el ceremonial público, tal como lo hicieron en ese momento otras monarquías de vanguardia en Europa (Napoleón III, Bismark). Esto fue parte de su "maquinaria de gobierno", basado en símbolos y rituales. 

Para empezar, Maximiliano hizo un rescate de la vida colonial. Tanto él como Carlota les invitó para formar parte de séquito palaciego. Con eso intentaron ganar peso social y económico. También se aliaron con los mexicanos intervencionistas que apoyaron su llegada. Aún en las fiestas de Palacio, era común ver a destacados liberales entre los asistentes como Mariano Riva Palacio. Su objetivo fue el de formar ligas con personas que podían serle útiles, haciendo nombramientos en sus visitas entre la "crema y nata" de la sociedad provinciana. También acercó a otros figuras de poder a su régimen, como Juan Nepomuceno. De esta forma "neutralizó" a figuras que le pudieron haber hecho sombra. Al estar en la corte formaban parte de sus adheridos.( Como dato adicional, según Pani esta fue la primera vez que las mujeres fueron invitadas oficialmente a formar parte de la "vida pública").

Sus objetivos de unificación alrededor de su figura fueron de la mano de las condecoraciones que dio tanto a príncipes como a personas de clases populares. Además, las clases altas urbanas conocían bien las cortes europeas. Dentro de ellas había normas que ordenaban sus relaciones y símbolos que hacían visibles el poder de Maximiliano, quien no quería formar una corte de "advenedizos", sino dar dignidad al gobierno imperial. Los reglamentos fueron extensos, muy específicos, y la parafernalia se enfocó en lo visual.   

Ahora bien, para calmar a sus opositores, el Emperador rechazó colocar a los militares y religiosos en las primeras categorías de la lista de precedencias en la Corte. También rechazó usar símbolos abiertamente conocidos del partido conservador (ser llamado emperador por la gracia de Dios, usar el nombre “Fernando” y colocar la cruz encima de la corona imperial).

Y al mismo tiempo trató de crear un nuevo Estado simbólico. Dos de los principales símbolos fueron el escudo imperial y la bandera, con las cuales Maximiliano usó metáforas para explicar que su régimen era legitimo (el rojo de la bandera había sido el color dominante del país por la lucha entre liberales y conservadores, aludió en un discurso). Además, trató siempre de hablar español. Quería mexicanizarse, crear consensos. Justificar el presente a partir de su pasado al crear “unión”. Exaltó lo prehispánico y a los héroes de la Independencia, e incluso ordenó construir un monumento en su honor. Dio especial atención a Morelos, quien representaba el “México utópico” del mestizaje y de la lucha del pueblo. Instauró varias fiestas nacionales, como el 16 de septiembre, el 12 de diciembre, el día de Corpus Christi y su propio cumpleaños (la religión católica era no oficial). El grito de Dolores se conmemoró por primera vez en 1864. Los conservadores lo rechazaron. Pero Maximiliano intentaba “gobernar al pueblo”, hacerse pasar por accesible, hacer audiencias públicas cada domingo. 

El programa celebratario del 16 de septiembre de 1865 de la capital mexicana incluía por ejemplo:  cohetones, paseos, bandas de música, recorridos a carruaje abierto, corrida de toros, desfiles militares. 

Otro aspecto de unión: al entrar a México, las personas salieron a recibirle. Hicieron de las calles un lugar más estético, preparado con flores y arreglos, según las crónicas de la época. Fue un espectáculo.  Fue tal vez un momento en donde se detuvo la anarquía y hubo paz. Una época, por cierto, en donde la máquina se comenzó a apreciar simplemente por el hecho de ser una nueva tecnología.


Pani concluye su artículo afirmando que el interés de la gente por Maximiliano era real, hasta donde se puede apreciar. Un interés hacia la pompa y ritual muy distinto al que vivió la población durante el Porfiriato, principalmente por razones tecnológicas y políticas, en donde la gente se convirtió más en espectadora que participante. El problema , como dije al principio, es que Maximiliano fue clara y públicamente apoyado por el ejército francés y esto le jugó en su contra. Era el “ejército invasor” para el pueblo. 

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