domingo, 18 de octubre de 2015

LAS RAÍCES HISTÓRICAS DEL PORFIRIATO

Tratar de identificar las raíces históricas de un periodo tan largo y tan polémico como el Porfiriato exige delimitar el objeto de estudio. Si bien la historiografía oficial aglutina al Porfiriato como un lapso que va de 1876 a 1911, existen las razones suficientes para considerar que el primer gobierno de Díaz (1877-1880) y el de Manuel González (1880-1884) deben analizarse por separado, a pesar de la influencia del primero en la presidencia del segundo. 

[Este trabajo se presentó en el curso "Entre la consolidación del Estado y el final del proyecto liberal, 1858-1911", impartido por el Dr. Arno Burkholder de la Rosa en la Maestría en Historia Moderna de México de Casa Lamm]

El periodo largo, entonces, del cual se tratarán de explicar los orígenes en este ensayo, va de 1884 a 1911. Más allá de las precisiones cronológicas, las raíces históricas del Porfiriato deben entenderse como parte de un proceso que antecede a Díaz y que tiene que ver con los aspectos ideológicos de la época analizada, siendo la apropiación de las ideas liberales y nacionalistas del gobierno de Juárez y el sustrato científico-positivista de ese momento las dos principales. 

Se comparte la postura de Daniel Cosío Villegas que establece que la idea de una nacionalidad mexicana se comenzó a construir a partir de los infortunios políticos y militares que el país vivió después de su independencia y que el Porfiriato aportó a esa obra, de forma indirecta, la centralidad de la figura de Díaz. Sin embargo, se prefiere la opinión de la obra reciente de Paul Garner que afirma que debemos avanzar más allá del culto a la personalidad de Díaz y la simplificación de un largo número de años en el término “porfirismo” para comenzar a entender este momento histórico. Sucedieron muchos otros hechos en ese periodo que no estuvieron ligados a la voluntad del presidente sino a la corriente de ideas que fluía por debajo de sus acciones. 

Esto no quiere decir que no se reconozcan los actos específicos del gobierno de Díaz como parte de un conjunto que llevan la marca del oaxaqueño. Éstas deben encuadrarse dentro de flujos de pensamiento más profundos, más comprensivos, para entender al Porfiriato. Sin esa base ideológica, un campo fértil previamente arado que fructificó durante esta época, es difícil pensar que Díaz hubiese permanecido tantos años en el poder. La absorción y glorificación de la figura de Juárez y su discurso liberal fue el segundo pilar sobre el cual se plantó el Porfiriato. Sobre ambos se desarrollaron prácticas económicas que propiciaron iniquidad social, pero al mismo tiempo legitimaron al régimen.

  1. El pensamiento científico que buscaba el orden y el progreso
Durante buena parte del siglo XX, la historiografía oficial posrevolucionaria se encargó de encapsular al Porfiriato como una época de progreso económico y material en detrimento de las libertades individuales y las garantías de un gobierno democrático. La consecuencia inevitable de esta lógica fue la Revolución mexicana. Pero Díaz, además de ser un hábil político y militar, también era un producto de su tiempo, es decir, un hombre que había sido expuesto a las ideas liberales sintetizadas en la Constitución de 1857 y la importancia del asentamiento de los liberales en el poder, a partir de la República Restaurada de 1867. Los cuadros que formaron su gobierno—los científicos—también creían en las bases del liberalismo, pero lo llevaron al plano de la vida pública mediante una mezcla de pensamiento positivista ligado a la filosofía de Comte y el eclecticismo de la propia ciencia y razón mexicanos. 1 

Este pensamiento había sido instaurado por Gabino Barreda en la Escuela Nacional Preparatoria desde el regreso de Juárez al poder, un lugar en donde se formaron líderes “científicos”, quienes aplicarían dichos preceptos para tratar de resolver los problemas sociales del país durante el Porfiriato e incluso antes, con el gobierno juarista. Comte preveía que bajo un gobierno guiado por la ciencia y el método científico, liderado por los hombres de poder que producían dinero y riqueza bajo el capitalismo, se harían conclusiones tan obvias que el poder temporal podría crear leyes a partir de fenómenos sociales observables. 

Las personas en el gobierno sólo tendrían que tomar decisiones a partir de estas leyes pensando en el bien general de la sociedad. En México, la clave del ascenso del positivismo fue Juárez, quien creía en la aplicación de la ciencia y la razón a la vida nacional como político, presidente y educador. Poco a poco, aquellos liberales pragmáticos y centralistas reemplazaron a los liberales federalistas 2, un hecho que se consumó durante el periodo de análisis de este ensayo. Con Juárez se plantó esta filosofía, pero además, a partir de este momento, “los líderes mexicanos [verían al positivismo] como un instrumento útil y agradable en la construcción de un gobierno centralizado y como parte de su administración del progreso social”.3 Esta nueva filosofía, traída de Europa, ofrecía un contrapeso al poder que la Iglesia había mantenido en el país durante siglos y la remitía a una época anterior por la que pasan todos los pueblos civilizados antes de alcanzar su verdadero potencial a través de la ciencia, la lógica, así como los datos y hechos comprobables. 

En efecto, desde el primer gobierno de Díaz y sucesivo de Manuel González se publicó un periódico llamado La Libertad, que trató de racionalizar el progreso político y promovió la estabilidad y el desarrollo a través de la idea de “orden y progreso”, el subtítulo con el cual se identificó el documento. El escrito fue subsidiado por la administración de Díaz y una época dirigido por Justo Sierra. Tanto Sierra como el grupo de escritores de La Libertad fueron liberales, pero no del corte federalista o radical, sino pragmáticos y orientados a la ciencia, creyentes en la práctica de una política guiada por ella.4 De la misma forma, algunos conservadores que lucharon contra la causa liberal en los años previos apoyaron la política guiada en la ciencia.

Vemos entonces que las raíces ideológicas del Porfiriato se pueden rastrear al gobierno de Juárez surgido tras la victoria liberal, primero en la Guerra de Reforma de 1858-1860 (aunque la primera fecha es rebatible, siendo que algunos sitúan el inicio del conflicto en 1855) y después en la Intervención francesa (1862-1867). El pensamiento científico mexicano de las últimas tres décadas del siglo XIX, que ya tenía presencia desde la Colonia, acogió el “esprit de temps” que circulaba en los países industriales más avanzados. 

Como sintetiza Corr: “Juárez, Lerdo y sus seguidores decidieron que México sería dirigido hacia el progreso sólo a través del orden establecido por un gobierno central fuerte comprometido con el uso de la ciencia y la razón en todas las áreas de la vida nacional”.5 Primero Juárez y después Díaz pusieron un alto al desorden que había prevalecido desde la Independencia para lograr ese objetivo, ignorando, en muchos casos, las libertades individuales de algunos mexicanos. La modernización dirigida desde un gobierno centralizado desplazó a la Iglesia y a la tradición española a un papel secundario, en donde si bien no serían ignorados, tampoco serían la fuente para canalizar al país hacia la formación de un Estado fuerte, con una identidad propia. 

Los positivistas científicos salidos de la Escuela Nacional Preparatoria abrazaron dicho concepto y ocuparon puestos claves durante el Porfiriato en el Partido Liberal y en otros espacios de la vida intelectual del país.
      1. La apropiación de los símbolos liberales

Primero con la revuelta de La Noria (1871) y después con el Plan de Tuxtepec (1875-1876), Díaz y sus allegados se pronunciaron por seguir los principios elementales de la Constitución de 1857. Tanto en el caso de Juárez, primero, como Lerdo de Tejada después, el discurso enfiló contra la reelección. Esa idea se modificó cuando Díaz llegó al poder. Una vez ahí, cambió la Carta Magna para alargar su mandato o buscar una nueva elección, ya fuera consecutiva o no en 1877, 1887, 1892, 1904 y finalmente 1910. 

Si los dos mandatarios previos a Díaz, ambos símbolos del liberalismo, habían buscado seguir en el poder por distintas razones justificadoras, ¿debe sorprender que Díaz hiciese lo consecuente? La clave del entramado del Porfiriato sólo puede entenderse con la legitimación que hizo de su periodo a través de los gobiernos previos, en donde Díaz se asumió como el continuador de esas ideas liberales. Con el general oaxaqueño esas ideas asumieron una perspectiva hacia el futuro y se fusionaron con la nueva identidad nacional que se creó a partir de la República Restaurada. La Patria sería sinónimo del liberalismo de avanzada, aquel enfocado en construir una nación moderna.

Uno de los aspectos esenciales de esta formación patriótica fue la educación. Tanto Justo Sierra como Vicente Riva Palacio produjeron obras en donde el Porfiriato se asumió como la cristalización de un largo proceso de construcción nacional, en donde el pueblo mexicano mestizo va en ascenso y vislumbra un futuro promisorio. El Estado se convierte en la nueva figura de concreción para llegar a la modernidad, suplantando tanto a la Iglesia, que llegó a ser un “Estado dentro de un Estado”.6 Sierra, que fue ministro de Educación de 1905 a 1911, subrayó en su obra la construcción patriótica realizada por Benito Juárez, José Joaquín Herrera, Melchor Ocampo, Ignacio Ramírez, Ignacio Manuel Altamirano, Guillermo Prieto, Manuel González Ortega, Miguel y Sebastián Lerdo de Tejada, Francisco Zarco, Santos Degollado y a Porfirio Díaz. “Juárez, las Leyes de Reforma y la victoria sobre el imperio de Maximiliano son las cumbres del patriotismo liberal, que celebra el triunfo de la república sobre los invasores franceses” y consolida, al mismo tiempo, el Estado laico, el amor a la República y sus fundamentos cívicos, así como la defensa de la Independencia.7 

Salvo los grupos indígenas (mas no lo “prehispánico”, que sí fue retomado de forma oficial) y los conservadores, que fueron ignorados del lenguaje político de Juárez y Díaz, los mexicanos finalmente podían sentirse seguros de su identidad. El país debía construirse a pesar de esos grupos, bajo las directrices de gobiernos fuertes que propiciaran las condiciones necesarias para el desarrollo social unificado en los conceptos liberales de orden y progreso.

En el Porfiriato, la Ciudad de México se convirtió en el lugar privilegiado para glorificar a Juárez, los liberales, y las raíces prehispánicas. El espacio se moderniza y se convierte en “la suma de los procesos históricos, culturales, económicos, sociales y políticos que confluyen en el centro neurológico de la vida nacional”.8 

En la ciudad se construye un panteón heroico y se enarbolan los “ritos y ceremonias de la Patria”. Es un lugar que instruye en la formación liberal al caminar por sus paseos y avenidas, detenerse en el Hemiciclo a Juárez, la Columna de la Independencia, el Palacio de Correos y el de Comunicaciones, el Palacio Legislativo Federal, el monumento a Cuauhtémoc, los Indios Verdes, así como el Manicomio de la Castañeda y el Panteón Nacional.9 

Dicha construcción no hubiese sido posible sin la pacificación lograda por el régimen. Es el progreso materializado en símbolos de granito que muestran a los mexicanos y al mundo entero que el país ha entrado en vías de la modernidad, que es atractivo, y que puede ser gobernado. Es el lenguaje del poder, en donde “los escritos históricos magnifican las epopeyas liberales y las materializan en monumentos o en edificios públicos que funcionan como lecciones de cívica para engrandecer a la nación y para enardecer al ciudadano”.10 

En ese proyecto hubo espacio para el pueblo y las élites, al menos por un tiempo. Vista a la distancia, la producción artística del Porfiriato fue un elemento indispensables para la construcción nacional. Se hizo un esfuerzo para igualar al arte con el progreso social y para elevar el estatus cultural de la nación, pues a través de estos vehículos se podían simplificar complejas narrativas y con eso aspirar a la cimentación de “comunidades imaginadas”.11 

La agenda de los intelectuales liberales mexicanos se manifestó a través de la tríada “verdad, belleza y utilidad”, con lo cual se sintetizó la política cultural del Porfiriato. La belleza debía reflejarse en obras útiles que mostraran el carácter único y real de los mexicanos, sus paisajes y su historia.12
  1. La legitimación económica
Según Paolo Riguzzi, más allá de los acuerdos y compadrazgos, el Porfiriato tuvo un eje rector económico que solidificó la construcción del Estado y su propia legitimidad, pero al mismo tiempo permitió el libre flujo de bienes e ideas. Este fue función y consecuencia de la pacificación del país iniciada en los gobiernos de la República Restaurada. Se realizaron cambios económicos para depender en menor grado de los impuestos aduanales y se crearon otros impuestos ligados a transacciones domésticas que redujeron la presión sobre el gasto gubernamental. 

De la misma forma, el Estado inició un proceso de cambio económico que colocara sobre el mismo terreno una base legal, política y económica. En esta nueva idea de nación, liderada por José Yves Limantour, el mercado y el Estado debían mantener relaciones amigables.13 Las industrias nacionales jugaron un papel crucial en ese esquema, así como las inversiones extranjeras y la construcción de vías férreas. El Porfiriato ayudó en la construcción de un mercado interno, pues durante este lapso se unificaron espacios físicos y legales que devinieron en nuevas áreas de desarrollo económico. Es así como se comenzó a crear el primer movimiento globalizante en la economía nacional, el cual coincidió con lo experimentado por otras naciones, opina Riguzzi. 

Distintos espacios libres de influencia de Estado surgieron en este tiempo, tales como redes de intercambio en donde personas, mercancías, inversiones directas y flujos financieros internacionales. El Estado realizó maniobras defensivas para regular estos movimientos, provenientes en su mayoría de Estados Unidos y el Reino Unido, e incrementó las exportaciones nacionales.

El pocas palabras, el Porfiriato no fue presa de un capitalismo salvaje, pero tampoco fue un Estado omnímodo que trató de controlar fuerzas económicas que se presentaron afuera de su área de influencia. Al contrario, “las acciones del Estado, sus políticas económicas, y sus estrategias de diversificación incrementaron la habilidad del país para soportar golpes externos y reforzar varios sectores de la economía mexicana”.14 

La desigualdad económica del periodo, una de las causas principales de la Revolución, de la mano de las escasas vías de participación política, según la historiografía posrevolucionaria, se entienden mejor cuando se ven dentro del plano internacional de los bienes y el dinero, en donde México sólo era uno de los muchos actores en escena. El Porfiriato tomó ventaja de esa condiciones—en particular de su cercanía con el mercado estadounidense—para desarrollar la riqueza y los mercados nacionales, bono que no llegó a la mayoría de la población. Ese focalizado progreso económico funcionó temporalmente para justificar el trabajo del régimen, ávido de mantener al día la evolución social iniciada con Juárez. Los “científicos” aprovecharon estas circunstancias para apuntalar las acciones del Estado.

  1. Conclusión

Las ideas que circularon en los ríos de pensamiento del Porfiriato funcionan para entender los orígenes de este periodo. El progreso social mediante el avance de las leyes comprobables así como la reapropiación del juarismo y los símbolos liberales facultaron el avance económico y material del Estado, el cual optó por un gobierno pragmático centralizado en la figura de Díaz, mas no dependiente de él. Dichas ideas prefiguraron su gobierno a manera de súper estructura. El Porfiriato recogió estos pensamientos para su propio beneficio y los de la construcción nacional, haciendo de lado preceptos básicos de la democracia y el respeto a las garantías individuales. Sus raíces históricas explican su propia inercia y su propio desenlace, pero también se vinculan con la consolidación del Estado mexicano moderno que comenzaría en la segunda década del siglo XX, una vez que la Revolución dejara en claro las demandas de los sectores poco favorecidos durante el Porfiriato y las amalgamara a través del partido único.

Obras Citadas
- CORR, John. “The Enlightenment Surfaces in Nineteenth-Century Mexico: Scientific Thinking Attempts to Deliver Order and Progress”, en History of Science, marzo 2014, vol. 52 núm.1, pp. 98-123, Sage Journals. Obtenido el 14 de octubre del 2015 vía la base de datos EBSCO Academic Search Complete.
- FLORESCANO, Enrique. “Patria y nación en la época de Porfirio Díaz”, Signos Históricos, enero-junio 2005, núm. 13, pp. 153-187, Universidad Autónoma Metropolitana. Obtenido el 14 de octubre del 2015 vía la base de datos EBSCO Academic Search Complete.
- MARTÍNEZ RODRÍGUEZ, Fabiola. “Representing the nation: art and identity in Porfirian Mexico”, National Identities, vol. 15, núm. 4, pp. 333-355, Routledge, Taylor Francis Group. Obtenido el 14 de octubre del 2015 vía la base de datos EBSCO Academic Search Complete.
- MOYA GUTIÉRREZ, Arnaldo. “Rehabilitando históricamente al Porfiriato: Una digresión necesaria acerca del régimen de Porfirio Díaz. México 1876-1910”, Revista Ciencias Sociales, 2008 (I), núm. 119, pp. 83-105, Universidad de Costa Rica. Obtenido el 14 de octubre del 2015 vía la base de datos EBSCO Academic Search Complete.
- RIGUZZI, Paolo. “From Globalisation to Revolution? The Porfirian Political Economy: An Essay on Issues and Interpretations”, Journal of Latin American Studies, mayo 2009, vol. 41, núm. 2, pp. 347-368, Cambridge University Press. Obtenido el 14 de octubre del 2015 vía la base de datos JSTORE.
1John Corr, “The Enlightenment Surfaces in Nineteenth-Century Mexico: Scientific Thinking Attempts to Deliver Order and Progress”, en History of Science, marzo 2014, vol. 52 núm.1, p. 98.
2Ibid, pp. 98-99.
3Ibid, p. 100.
4Ibid, p. 109.
5Ibid, p. 155.
6Enrique Florescano. “Patria y nación en la época de Porfirio Díaz”, en Signos Históricos, enero-junio 2005, núm. 13, pp. 177-180.
7Ibid, p. 182.
8Arnaldo Moya Gutiérrez, “Rehabilitando históricamente al Porfiriato: Una digresión necesaria acerca del régimen de Porfirio Díaz. México 1876-1910” en Revista Ciencias Sociales, núm. 119, 2008 (I), pp. 84-85.
9Ibid, p. 88.
10Ibídem
11Fabiola Martínez Rodríguez, “Representing the nation: art and identity in Porfirian Mexico” en National Identities, vol. 15, núm. 4, p. 334.
12Ibid, p. 335.
13Paolo Riguzzi, “From Globalisation to Revolution? The Porfirian Political Economy: An Essay on Issues and
Interpretations” en Journal of Latin American Studies, mayo 2009, vol. 41, núm. 2, pp. 353-356.

14Ibid, p. 366.

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