martes, 15 de marzo de 2016

Cuba y el imperialismo decimonónico de EEUU

En este texto resumiré brevemente el artículo “La guerra de 1895 en Cuba y sus consecuencias”, autoría de Rafael E. Tarragó, publicado en Arbor: Ciencia, pensamiento y cultura (núm. 735, 2009). Tarragó argumenta que los dirigentes cubanos separatistas de finales del siglo XIX, al aceptar la intervención de los Estados Unidos en Cuba incondicionalmente y negarse a pactar con los cubanos autonomistas, facilitaron la política norteamericana de hacerle la guerra a España en Asia y América y despojarla de sus colonias. De esta forma, un gobierno cubano que buscaba la autonomía de España—distinto a los intereses separatistas de otro grupo—se hizo irrelevante. En consecuencia, la guerra iniciada en 1895 tuvo como resultado final hacia 1898 la marcada influencia de los intereses norteamericanos en la isla. 

El proceso para llegar a ese desenlace fue un tanto complejo. Según el autor, hacia febrero de 1895 no había mucho interés por parte de la población de la isla para comenzar una revuelta contra España. De hecho, se acababa de votar en las Cortes españoles a favor de ciertas reformas que le habían otorgado a los cubanos mayores libertades políticas y económicas. Pero ese mismo año, a principios del mismo, José Julián Martí, desde los Estados Unidos, ya había decretado una rebelión contra Madrid. Salvo en la región oriental de la isla, la iniciativa no había recibido el apoyo popular de la mayoría, pues no apoyaban sus medios violentos para conseguir su independencia. Los insurrectos también habían invadido una parte occidental de la isla. 

La llegada del general español Weyler, en 1896, para calmar el levantamiento por medio de represión y la no implementación de las reformas aprobadas por las Cortes un año antes entraron en juego. Pero en general, a pesar de estas circunstancias, la gente no quería la insurrección.  Ni una sola  ciudad cayó en poder de los insurrectos permanentemente entre febrero de 1895 y abril de 1898, afirma Tarragó. Ahora bien, aunque Madrid concedió la autonomía cubana (y la de Puerto Rico) en 1897, la realidad es que los pactos de 1878—en donde se especificaba que los cubanos serían tratados como una provincia, y por lo tanto, a sus habitantes como españoles—no se cumplieron. La medida iba en contra de la centralización que buscaba el gobierno de la Restauración, en donde el poder era detentado por el conservador Antonio Cánovas del Castillo. 

Tratar a Cuba como una provincia autonómica hubiera sentado un peligroso precedente frente a Cataluña, el País Vasco y los gallegos.  El pretexto para la negativa fue que las medidas se implementarían una vez que la rebelión hubiese terminado. Además de la representación parlamentaria, el gobierno español implementó en Cuba en 1880 la constitución española de 1876 y la libertad de expresión, abolió la esclavitud, y desmanteló  el entramado de leyes que limitaban los derechos civiles de africanos y afrocubanos en la isla. También se concedió el sufragio universal masculino. Poco antes de 1898 se habían hecho cambios económicos que le quitaron el monopolio de la harina a los españoles, además de concederle al gobierno autonómico el derecho de preparar el presupuesto de la isla y establecer contratos comerciales con otras naciones. Desde 1878, los autonomistas se habían unido bajo el Partido Liberal Autonomista, un grupo conformado por élites reformistas y recientes separatistas. En 1894 ya eran un partido de masas. Eran nacionalistas (como los gallegos, vascos y catalanes). 

“Querían una Cuba autónoma del  Estado español sin una revolución que provocase la intervención de los Estados Unidos en la isla y la subsecuente absorción de la nacionalidad cubana por los angloamericanos”, afirma el autor. Pero además “se oponían a la revolución porque  eran civilistas que temían la militarización de la sociedad  cubana y el caudillismo militar y porque creían la paz necesaria para el desarrollo de un Estado de derecho moderno”. 

La soberanía española en Cuba estaba representada por Partido Unión Constitucional. El tercer grupo era el de los separatistas, quienes no aceptaron la paz después del fin de la guerra de los diez años de 1868 a 1878 y se habían establecido en Estados Unidos. Eran anexionistas. Querían ser angloamericanos sin dejar de ser cubanos. Otro grupo en los Estados Unidos se unió al Partido Revolucionario Cubano de Martí, el cual favorecía el ideal de la Cuba Libre: este grupo buscaba expulsar a España de Cuba. Martí tenía la potestad absoluta de las acciones de ese partido. Detestaba a los autonomistas. Era un líder carismático que se organizó de forma similar a una dictadura civil.  Consideraba el uso de la fuerza como algo necesario.  Los separatistas le hicieron el juego a Estados Unidos “permitiéndoles legitimizar su guerra con España y su conquista de las Filipinas, Guam y Puerto Rico como una guerra en nombre de la libertad, sin obtener nada concreto a cambio”, afirma Tarareó. 

“Los cubanos separatistas en 1898 se declararon dependientes de los Estados Unidos al aceptar como base para su independencia una resolución del Congreso de esta nación”. Los autonomistas se opusieron a esta intervención, pero se desbandaron con la cesión formal de Cuba a los Estados Unidos el 1.º de enero de 1899. Hacia 1902, la isla era en realidad un protectorado de EEUU, no una nación-estado independiente. En sus documentos oficiales, Washington decía que el bien de Cuba estaba en su anexión a los Estados Unidos, porque los cubanos no eran capaces de gobernarse, sintetiza el texto.

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