domingo, 20 de marzo de 2016

La construcción del régimen revolucionario y la búsqueda del ordenamiento nacional (1917-1940)



I. INTRODUCCIÓN

En este ensayo abordaré la forma a partir de la cuál se construyó el ordenamiento del poder tras el periodo de lucha armada de la Revolución. Las bases que se sentaron en esta época fueron esenciales en la posterior centralización del poder que implantó el régimen durante la mayor parte del resto del siglo, en donde la figura presidencial jugó el principal papel en la toma de decisiones. Dicha preponderancia del rol Ejecutivo tuvo sus orígenes en el lapso de tiempo que abarca este ensayo. Junto con él, la maquinaria del Estado se construyó sobre las bases del corporativismo, el estatismo y un partido único creado para dirimir las diferencias de la “familia revolucionaria”. 

Nota: Este ensayo fue redactado para la materia Origen, desarrollo y caída del estado revolucionario, 1911-2000, impartida por la Dra. Paola Chenillo para la Maestría en Historia Moderna de México, de Casa Lamm. También existe una versión en PDF

II. LA CONSTRUCCIÓN DEL RÉGIMEN

A) La Constitución de 1917 y el poder del Ejecutivo

Para entender al régimen posrrevolucionario es indispensable comprender al marco legal que le dio cabida. Tras el periodo de lucha armada se abrió un debate sobre la vigencia de la Constitución de 1857, el cual acabó por influir sobre la aprobación final de la Carta de 1917. En ese segundo texto se planteó la prevalencia del Ejecutivo sobre los otros Poderes, pero no fue hasta después, durante los periodos presidenciales del grupo sonorense que se impuso el Ejecutivo, como argumenta Marván.1 Este autor recuerda que el texto La Constitución y la Dictadura (1908), autoría de Emilio Rabasa, fue esencial para cambiar la actitud de los legisladores que debatieron en el Constituyente de 1916. Rabasa decía que la Constitución de 1857 daba demasiado poder al Congreso, por lo que--tal como sucedió con durante la presidencia de Francisco I. Madero y la XXVI Legislatura de septiembre de 1912 a febrero de 1913--el ejercicio del poder desde el Ejecutivo sería difícil bajo el principio de la no reelección, el respecto al sufragio y el abrupto surgimiento de nuevos partidos políticos.2 

Tras la derrota de los federales, primero, seguida de la de Villa y Zapata, ambas a manos de los Constitucionalistas encabezados por Venustiano Carranza y los generales del noroeste, el grupo victorioso impuso su homogeneidad ideológica. Los vencedores de la Revolución aceptaron la “dictadura revolucionaria” ejercida por Carranza entre 1913 y 1915, cuando reformó la Constitución para establecer el municipio libre y con eso suprimir a los jefes políticos, modificó las Leyes de Reforma para instituir el divorcio y estableció facultades legislativas federales para poder legislar sobre el trabajo y, sin reformar la Carta Magna, dice Marván, expidió la Ley Agraria del 6 de enero de 1915, y, al día siguiente, decretó la suspensión de todas las obras de las compañías petroleras, hasta que se expidieran nuevas leyes.3 Esas acciones fueron arrastradas a la Constitución del 17, en donde se debatió a profundidad la esfera de acción de cada poder federal, el sufragio universal, la autonomía del municipio y el asunto de la vicepresidencia. También se discutió ampliamente sobre el sistema de sustitución presidencial, la facultad del presidente de nombrar y remover libremente a sus secretarios y la no reelección absoluta del primer mandatario (la palabra “nunca”, incluida en el texto, causó fuertes discusiones entre los legisladores). 

Así, sintetiza Marván, el Ejecutivo ganó los siguientes cambios constitucionales para su ejercicio del poder: 1. elección directa, 2. quitar al Congreso la capacidad de juzgarlo durante el periodo de su cargo, 3. acotar las capacidades investigadoras de las comisiones del Congreso, 4. garantizar mayor intervención del Ejecutivo en la confección de leyes, mediante la incorporación del veto presidencial, 5. dar también al Senado la facultad de revisión de la cuenta pública del año anterior para eliminar la exclusividad que la Cámara de Diputados tenía al respecto, 6. incorporar el artículo 75 a la nueva Constitución para aplicar, en último caso, el presupuesto del año pasado al de este año y 7. reducir el periodo de sesión del Congreso a cuatro meses.4 Mientras tanto, en la nueva Constitución el poder Legislativo también vería algunos cambios: 1. los legisladores ahora también serían electos por votación directa, 2. calificarían “definitiva e inatacablemente” las elecciones de los poderes federales mediante la figura del Colegio electoral, lo que los convirtió en jueces electorales absolutos, 3. con el Colegio electoral, el Congreso tendría toda la responsabilidad política en el proceso de sustitución del Presidente, 4. se suprimió la exclusividad que el Ejecutivo tenía en la presentación de las iniciativas del presupuesto y de ley de ingresos y 5. ampliación de la facultad del pleno de cada una de las cámara para citar a comparecer a los secretarios de despacho.5 Con estos cambios, el Ejecutivo ganó autonomía y posibilidad de colaboración con el Legislativo. “Se diseñó un Presidente autoritario […] no por sus relaciones con el Congreso o Poder Judicial, sino fundamentalmente por la inmunidad constitucional que desde entonces se le concedió”, autocracia que a estas fechas aún se siente, afirma el autor.6 Pero el proceso no fue cristalizado sino hasta el periodo callista y el maximato, cuando el Congreso comenzó a debilitarse, aunque en realidad muchos de estos cambios habían sido propuestos durante la campaña a la presidencia de Obregón antes de ser asesinado en 1928. 

Entre ese año y 1932 hubo fuertes modificaciones que alteraron el equilibrio de poderes establecido en 1917. Para empezar, se cambió el sistema de nombramiento de ministros de la Corte (los ministros ahora serían propuestos por el presidente y ratificados por el Senado, y , a solicitud del Ejecutivo, por la Cámara de Diputados); se modificó el tamaño de la Cámara, así como la forma de gobierno del Distrito Federal. Estos cambios coincidieron con crisis de índole económica, agrícola, laboral y nacional que pusieron en entredicho a la Revolución, además de la tensión entre en PNR, recién fundado en 1929, y el Ejecutivo, lo cual acabó con la renuncia del mandatario Pascual Ortiz Rubio. Con ese trasfondo, en 1932 y 1933 se impulsaron más reformas que establecieron la no reelección absoluta del presidente de la República y de los gobernadores de los Estados, el ahora finado sistema de no reelección inmediata de legisladores federales y estatales, así como de alcaldes y, además, la sincronía entre el mandato sexenal del Ejecutivo y los senadores. Fue hasta esta época cuando se consolidó “el gobierno fuerte que desde 1917 venían intentando construir los triunfadores de la Revolución”.7 

B) Las acciones del grupo sonorense en el poder

Tras el asesinato de Venustiano Carranza el 21 de mayo de 1920, ocurrido en su huida a Veracruz, un grupo de militares sonorenses llegó al poder. El hombre de Coahuila había ungido al civil Ignacio Bonillas como su sucesor,  lo cual disgustó al grupo comandado por Álvaro Obregón, Plutarco Elías Calles y Adolfo de la Huerta. Los tres habían formado parte del ejército Constitucionalista, pero ahora, con el plan de Agua Prieta desconocían a Carranza y afirmaban ser los herederos de la Revolución. El grupo militar sonorense que llegó a la presidencia en 1920 y permaneció ahí hasta el rompimiento con de Calles con el gobierno de Lázaro Cárdenas (1934-1940) era secular, pragmático, nacionalista y violento, inclinado hacia el capitalismo y la posesión individual de la propiedad, aunque no tuvieron miedo en aplicar a sus gobierno ciertas ideas de corte socialista de la época. Su visión del mundo y de la tierra era claramente distinta a la de los campesinos del centro y sur del país, en donde residía la mayoría de la población. Querían modernizar el país, pero se enfrentaron a viejas resistencias de un México antiguo, las cuales llegaron a la violencia en el enfrentamiento entre el Estado y la Iglesia y la posterior guerra cristera de 1926-1929, opina Jean Meyer.8 

De acuerdo con ese mismo autor, el Estado capitalista que instauraron entre 1920 y 1930 tuvo más conflictos significativos con las compañías extranjeras, la Iglesia y la CROM (Confederación Regional Obrera Mexicana) que con las insurrecciones militares de corte tradicional en 1923, 1927 y 1929, o la crisis electoral de 1928-1929, pues produjeron un cambio más económico que político, y más concretamente, institucional y administrativo, el cual operó como mancuerna con el Partido Nacional Revolucionario (PNR) a partir de 1929.9 Así, el nuevo Estado tuvo que operar con el beneplácito de los caciques y jefes políticos regionales para garantizar la estabilidad. Se buscó la unidad a través de la homogeneidad, la cual emanaba desde el centro. 

Surgió una nueva forma de despotismo ilustrado con el Estado como rector y los gobernados como seres obligados a obedecer. “No podía permitir la existencia de ninguna crítica, ninguna protesta, ni ningún poder que no fuera el suyo propio”, por eso aplastó a los indios yaqui entre 1927 y 1929, a los trabajadores ferroviarios que se habían declarado “ilegalmente” en huelga (1927), al Partido Comunista (1929), y a los campesinos católicos cuando recurrieron a las armas.10 En el gobierno de Álvaro Obregón (1920-1924) los problemas fueron más que nada políticos: relaciones con Estados Unidos, restablecimiento de la autoridad federal sobre las regiones y la sucesión de 1924. Con Plutarco Elías Calles en el poder (1924-1928) y durante el maximato, cuando Calles se convirtió en el “jefe máximo de la Revolución” y ejerció su influencia en los gobiernos de Emilio Portes Gil (1928-1930), Ortiz Rubio (1930-1932) y Abelardo Rodríguez (1932-1934), los problemas fueron de índole económica y social: el petróleo, la crisis mundial y la guerra de los cristeros.

Durante el gobierno de Obregón se instauró un nacionalismo revolucionario que tuvo como base el ejército y los sindicatos de trabajadores y agraristas. “Sus principales objetivos fueron la unidad y la reconstrucción nacionales, y gobernó la nación como si se tratara de un gran negocio”.11 La economía se mantuvo a flote gracias a la producción del petróleo y otras exportaciones minerales. Los generales del régimen posrrevolucionario se convirtieron en la clase dirigente, la recibió fuerte oposición de la Iglesia. La otra gran preocupación del sonorense fue la obtención del reconocimiento de su gobierno por los Estados Unidos, el cual sólo se obtuvo cuando Obregón aceptó las condiciones del vecino del norte para aniquilar la rebelión delahuertista de 1923-1924. 

La principal inconformidad de Adolfo de la Huerta, viejo amigo revolucionario de Obregón, provino de la unción de Calles para sucederle en la presidencia (de la Huerta ya había sido presidente provisional en 1920 tras el asesinato de Carranza). Para llevar el nacionalismo revolucionario de Obregón por distintas partes de la República e instaurarlo en la conciencia nacional, José Vasconcelos, desde la Secretaría de Educación Pública y provisto del presupuesto suficiente, realizó una serie de acciones encaminadas a crear un hombre nuevo, un ciudadano del nuevo Estado mexicano del siglo XX y con eso legitimar al régimen. Intentó erradicar el analfabetismo (hacia 1921, 7 de cada 10 mexicanos no sabía leer), integrar a los indios a la nación y dotó al país con centros de instrucción técnica.  Los maestros se convirtieron en “misioneros”, se imprimieron libros por millones y se abrieron bibliotecas en cada escuela y en cada pueblo.  Se estimularon las artes: muralismo (Siqueiros, Orozco), arquitectura, arte monumental, opuesto a la pintura de estudio. Su posterior extrañamiento con el régimen dejó un enorme hueco, pues Vasconcelos había logrado un puente entre intelectuales, artistas y gobierno.12 

Con Plutarco Elías Calles en el poder, las escuelas rurales se sistematizaron como el centro de la comunidad y el sustituto social de la Iglesia, afirma Meyer. Calles, que había sido profesor en Sonora, valoró la educación práctica sobre la académica.  En esta etapa se consolidó el poder de la “familia revolucionaria” con un programa de desarrollo capitalista y nacionalista, con Obregón ejerciendo una fuerte influencia detrás del poder al grado de reformar la Constitución en julio de 1928 para permitir la reelección presidencial y con eso acceder a un nuevo periodo de seis años. Pero el gobierno de Calles estuvo marcado por otro tipo de problemáticas. En 1925, se negó a refrendar los acuerdos negociados entre Estados Unidos y Obregón que favorecían a las compañías petroleras, pasando por alto los acuerdo de Bucareli de 1923. Si bien Calles y Obregón se llamaban amigos en sus misivas, el segundo nunca estuvo de acuerdo con la política petrolera y religiosa del primero. El asunto eclesiástico explotó en 1926 cuando se aprobó una legislación que transformaba las infracciones religiosas en delitos criminales. En consecuencia, los obispos suspendieron los servicios religiosos el 31 de julio del mismo año. 

El conflicto involucró al gobierno mexicano, pero también a Roma y Washington. En su punto más álgido, en junio de 1929, el movimiento alcanzó 25 mil soldados entrenados y 25 mil en guerrillas irregulares, la mayoría de ellos distribuidos en 13 estados, en particular en el Bajío.13 Hacia el final de su mandato, el 1 de septiembre de 1928, tras el asesinato de Obregón, Calles pronunció un discurso en donde afirmaba que había terminado la era de los caudillos y se abría la era del Estado institucional. Poco después, ya en 1929 y con Emilio Portes Gil en el poder, se fundaría el Partido PNR. En su breve periodo se alcanzó la paz religiosa, se le concedió autonomía a la Universidad de México y se reanudó el proceso de redistribución de la tierra. Después, el lapso de Ortiz Rubio estuvo marcado por el dominio del ejército, fiel a Calles, quien seguía las órdenes del jefe máximo. Así, sospechando de un golpe militar, Calles lo obligó a dimitir el 3 de septiembre de 1932. Su reemplazo fue el general Abelardo Rodríguez, quien tampoco pudo evitar que la estructura gubernamental y militar siguiera a las órdenes de Calles. 

Durante los periodos de Obregón y Calles, entre 1923 y 1927, Alberto Pani ocupó el ministerio de Hacienda. Su objetivo fue liberar al país de la dominación económica extranjera. Para esto, ejerció un presupuesto equilibrado, restauró la confianza extranjera en la capacidad de México para pagar sus deudas, redujo los salarios de los funcionarios del Estado, suprimió departamentos en cada ministerio e impuso otra serie de medidas draconianas en la economía, afirma Meyer.14 A finales de 1925, Pani consiguió renegociar la deuda externa en términos más ventajosos. También creó el Banco de México y la Comisión Nacional Bancaria e impulsó la construcción de carreteras y obras de irrigación. Aunque la crisis de 1926-1928 afectó considerablemente la economía, la etapa de reconstrucción nacional fue de crecimiento. Durante el periodo de Calles, la política económica fue indivisible del intento de reconciliar los intereses de clase  a través de la mediación del Estado. Desde la CROM, Luis N. Morones se encargó de negociar entre patronos y obreros, en donde los primeros salieron favorecidos. En efecto, se protegió a las industrias nacionales dándoles, además, ventajas fiscales. Por otro lado, los campesinos nunca lograron el desarrollo deseado por el grupo sonorense.

C) El giro de Lázaro Cárdenas

La presidencia del antiguo general revolucionario, a quien Calles vio en un principio como un general dispuesto a seguir sus órdenes, estuvo marcada por el estatismo y algunas tendencias sociales retomadas de la lucha de 1910. Movilización campesina, reforma agraria y educación socialista fueron los ejes temáticos de este periodo. Fue hasta este momento cuando la Revolución realmente se institucionalizó mediante un gigantesco aparato corporativista y, por primera vez, de un Plan Sexenal que exigía una nueva generación de tecnócratas, políticos e intelectuales.15 Cárdenas aprovechó este cambio generacional entre revolucionarios y los hijos de éstos para crear un Estado intervencionista en donde los mexicanos tuvieran derecho a explotar los recursos de México. De la misma forma, las masas de trabajadores urbanos fueron prometidas salarios mínimos y el derecho a convenios colectivos, así como un nuevo pacto con el sector agrario. Al inicio del periodo cardenista, la CROM había perdido mucho de su antiguo poder. Había huelgas por doquier. Esto produjo un choque ideológico irreconciliable con el proyecto de desarrollo de los sonorenses, el cual acabó con el exilio de Calles a Estados Unidos en 1936. Para el “jefe máximo”, Cárdenas era un hombre de ideas peligrosas, con tendencias comunistas, que si bien había sido moderado en su trato a los cristeros, incurría en un gran error con su educación socialista. Así, los sindicatos se alinearon detrás de Cárdenas y organizaron manifestaciones para protestar contra Calles, a quien veían como un recalcitrante opuesto a los derechos de los trabajadores. Pero a diferencia del pasado, los problemas entre revolucionarios fueron dirimidos mediante la política, no con asesinatos. Como puntilla, en 1939, Cárdenas cambió el nombre del PNR a Partido de la Revolución Mexicana (PRM). 

Después de acabar con la influencia de los sonorenses, Cárdenas realizó una reforma agraria de gran calado que sirvió tanto de arma política como de instrumento de integración nacional y desarrollo económico. La nueva figura del ejido colectivo quiso liberar al campesino de la explotación fomentando el desarrollo nacional. Hacia 1940, el presidente había repartido alrededor de 18 millones de hectáreas de tierra a unos 800 mil beneficiarios y los ejidos representaban el 47 por 100 de la tierra cultivada, en comparación con el 15 por 100 en 1930. 16 Cada ejido compartiría la tierra, la maquinaria y el crédito, y sería dirigido por comités elegidos; además, la cosecha se repartiría entre los trabajadores en proporción a sus aportaciones de trabajo. Pero en el fondo, el cardenismo no era estalinismo. Los campesinos tuvieron que atarse a una estructura política y al partido hegemónico.  “Si se quería que la reforma fuese rápida, amplia y popular, los defectos eran inevitables y sólo podrían corregirlos administraciones posteriores. Éstas optaron por no hacerlo”, recuerda Knight.17

El otro gran tema de la administración cardenista fue la reforma educativa, inercia que ya venía de cierta forma con el grupo sonorense, abocado a masificar la formación del pueblo.  El encargado de realizar estos cambios fue Narciso Bassols, un declarado marxista, quien impulsó la escuela laica. Por la misma época, el realismo socialista se puso de moda. Se planteó una educación contra los fanatismos apoyada en lo racional. Fundamento clave de este modelo educativo fue la alta flexibilidad del término “socialismo”, interpretado por maestros, líderes y gobierno de forma plurivalente. Para algunos, sólo fue una etiqueta más del anticlericalismo sonorense. Sea con sea, se acariciaba el sueño de cambiar a la sociedad a través de la educación y, en última instancia, de la modernización. En el proyecto se incluyó a los indígenas. Ahí, el maestro rural fue pieza clave. 

Sobre la reforma petrolera se ha escrito mucho. Por espacio simplemente sentaré su fundamento: sólo pudo darse con la colaboración entre gobierno y sindicatos que, al unísono, excluyeron a los extranjeros. El golpe de marzo de 1938 aprovechó la coyuntura internacional: la Segunda Guerra Mundial tocaba a la puerta, limitando la atención que ingleses y estadounidenses mantenían sobre el petróleo nacional.18 De esta forma, el Estado Benefactor cimentó su legado en la psique del mexicano. Aunado al reparto de tierra y la educación socialista, Cárdenas fortaleció la relación Estado-sociedad mediante un proyecto en donde los menos privilegiados, en principio al menos, tuvieron acceso a los privilegios que el sistema capitalista en la periferia les estaba negando.19 Sin embargo, el michoacano también pavimentó el futuro abuso de poder del Estado sobre aquellos grupos que sostuvieron su corporativismo. Con ellos se dio una apariencia de legitimidad, aunque en realidad propició la corrupción entre Estado y sociedad, legado que aún subsiste.

III. CONCLUSIÓN

Durante el periodo inmediato después del conflicto armado de la Revolución se trataron de imponer dos modelos de gobierno claros y opuestos. Por un lado, el grupo sonorense se inclinó más hacia el capitalismo centralizado con el Ejecutivo como eje rector. Del otro, el modelo cardenista se apegó más al control corporativo de las masas campesinas y urbanas. Aunque después de Cárdenas se instauró un régimen distinto con Manuel Ávila Camacho, sin duda de tendencia capitalista, ambos modelos sentaron las bases del poder desde la influencia de un partido-gobierno hegemónico. Así, las inquietudes de la época fueron sintetizadas en una entrevista realizada a Calles horas antes de su exilio. La obsesión del alicaído jefe máximo parece ser la falta de orden en el país a causa de las ideas socialistas que incidían en el gobierno, las cuales, según el sonorense, dividían al país. La construcción nacional “debe ser obra de civilización y no debe ser obra de odios”, dijo.20 Podemos concluir que en el periodo analizado, la idea de Revolución fue el único elemento legitimador para la acción presente y futura del poder.21 La búsqueda del orden revelaría a un país con un Estado posrrevolucionario más fuerte que su predecesor inmediato, pero una sociedad civil débil, aún lejos de una cultura democrática. 

OBRAS CITADAS

- KNIGHT, ALAN. “México, c. 1930-1946”, en Bethell, Leslie, ed., Historia de América Latina tomo 13 México y el Caribe desde 1930, Barcelona, Editorial Crítica, 1998, pp. 13-83.
- MARVÁN LABORDE, IGNACIO. “La Revolución Mexicana y la organización política de México: la cuestión del equilibrio de poderes (1908-1932)”, en Marván Laborde, Ignacio, coord., La Revolución Mexicana, 1908-1932, México, CIDE / INEHRM / CONACULTA / FCE, 2010 (Historia Crítica de las Modernizaciones en México, 4), pp. 256-314.
- MEYER, JEAN. “La reconstrucción de los años veinte: Obregón y Calles”, en Bethell, Leslie, ed., Historia de América Latina, tomo 9. México, América Central y el Caribe, c. 1870-1930, Barcelona, Editorial Crítica, 1992, pp. 147-180.
- PALACIOS, GUILLERMO. “Calles y la idea Oficial de la Revolución Mexicana”, en Historia mexicana, v. 22, núm. 3 (87) (ene.-mar. 1973), pp. 261-278, El Colegio de México, México.
- SPENSER, D. & BRADLEY A. LEVINSON. “Relación entre Estado y sociedad en el discurso y en la acción: Estudios culturales y políticos sobre el cardenismo en México”, en Desacatos, núm. 2, cuatrimestral, 1999, sin paginación, Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social (CIESAS), México.
VALADÉS, JOSÉ C.  “Entrevista de José C. Valadés al general Plutarco Elías Calles abril de 1936”, en Estudios de Historia Moderna y Contemporánea de México, núm. 22 (jul-dic 2001), pp. 117-134, Instituto de Investigaciones Históricas, UNAM, México.
1Ignacio Marván Laborde. “La Revolución Mexicana y la organización política de México: la cuestión del equilibrio de poderes (1908-1932)”, en Marván Laborde, Ignacio, coord., La Revolución Mexicana, 1908-1932, CIDE / INEHRM / CONACULTA / FCE, 2010, p. 256.

NOTAS

1 Ignacio Marván Laborde. “La Revolución Mexicana y la organización política de México: la cuestión del equilibrio de poderes (1908-1932)”, en Marván Laborde, Ignacio, coord., La Revolución Mexicana, 1908-1932, CIDE / INEHRM / CONACULTA / FCE, 2010, p. 256.
2 Ibid, p. 265, pp. 267-268.
3 Ibid, p. 285.
4 Ibid, p. 304.
5 Ibid, p. 305.
6 Ibid, p. 306.
7 Ibid, p. 314.
8 Jean Meyer. “La reconstrucción de los años veinte: Obregón y Calles”, en Bethell, Leslie, ed., Historia de América Latina, tomo 9. México, América Central y el Caribe, c. 1870-1930, Barcelona, Ed. Crítica, 1992, p. 147.
9 Ibidem.
10 Ibid, p. 148.
11 Ibid, pp. 149-150.
12 Ibid, pp. 152-154, passim.
13 Ibid, pp. 152-158.
14 Ibid, p. 162.
15 Alan Knight. “México, c. 1930-1946”, en Bethell, Leslie, ed., Historia de América Latina tomo 13 México y el Caribe desde 1930, Barcelona, Editorial Crítica, 1998, pp. 18-19.
16 Ibid, pp. 26-30.
17 Ibid, p. 32.
18 Ibid, pp. 50-51.
19 Daniela Spencer & Bradley A. Levinson. “Relación entre Estado y sociedad en el discurso y en la acción: Estudios culturales y políticos sobre el cardenismo en México”, en Desacatos, núm. 2, cuatrimestral, 1999, Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social (CIESAS), México, p.00 (sin paginación).
20 José Valadés. “Entrevista de José C. Valadés al general Plutarco Elías Calles abril de 1936”, en Estudios de Historia Moderna y Contemporánea de México, núm. 22 (jul-dic 2001), Instituto de Investigaciones Históricas, UNAM, México, p. 123.
21 Guillermo Palacios. “Calles y la idea Oficial de la Revolución Mexicana”, en Historia mexicana, v. 22, núm. 3 (87) (ene.-mar. 1973), El Colegio de México, México, pp. 261-263.


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