miércoles, 8 de junio de 2016

Diversidad y poder. Los medios impresos durante la lucha armada y las primeras décadas del régimen revolucionario, 1908-1940



Sumario: La historia de la prensa surgida entre 1908 y 1940 es la historia de la evolución del Estado mexicano. A través de una nueva relación entre ambos, la cual pasó por distintos altibajos, se construyó una opinión pública moderna, atraída por la información urbana y cotidiana, como lo había asentado la prensa del Porfiriato. El vínculo prensa-Estado fue fundamental durante los complicados años después de la lucha armada, es decir, cuando se dieron diversos cambios políticos y sociales, crisis económicas, luchas ideológicas, y las dos guerras mundiales.

[Este ensayo fue redactado para el curso "El periodismo en México. Cambios y continuidades", impartido por el Dr. Arno Burkholder de la Rosa en la Maestría en Historia Moderna de México, de Casa Lamm. Versión en PDF.]

I. Introducción

Todas las imágenes pertenecen al libro
México en cien reportajes 
1891-1990
La entrevista con Porfirio Díaz publicada en la edición de marzo de 1908 de Pearson's Magazine significó un campanazo para la sociedad mexicana. En el texto, retomado por los principales diarios mexicanos de la época, el presidente que había gobernado de forma ininterrumpida desde 1884 y también de 1877 a 1880, abría el campo político para la elección de 1910. Las declaraciones fueron reproducidas por distintos diarios mexicanos y causaron revuelo entre la clase política e intelectual, perfilando el lance de Francisco I. Madero. Aunque Díaz volvió a reelegirse en 1910–lo que causó la inconformidad del grupo maderista, mayor tensión social, y el inicio de la Revolución–a partir de ese momento se demostró que la prensa se había convertido en un elemento definitorio del poder de la naciente esfera pública nacional, la cual contaba con una pequeña pero influyente audiencia que había sido acostumbrada al periodismo moderno e informativo, barato, bien escrito, nacido en 1896 con El Imparcial, de Rafael Reyes Spíndola, también dueño de El Mundo y El Mundo Ilustrado, subvencionados por el gobierno de los científicos y especializados en vender publicidad para obtener sus mayores ganancias. Desde la publicación de las declaraciones de Díaz surgieron diversos medios que reflejaron la lucha de ideas de los distintos grupos que buscaron el poder dejado por el dictador, proceso que se consumó con la llegada de Carranza y los sonorenses a la presidencia. Desde ese momento, la prensa mantuvo una compleja relación con el nuevo Estado posrevolucionario. Sus vínculos no fueron sinónimo de censura, sino del moderno y multifacético entramado que confluyó en México en las primeras décadas del siglo XX. La prensa de estas décadas no fue un apéndice del gobierno, pero sí supo negociar con el poder. De hecho, los medios impresos de estos años ganaron influencia porque fueron dirigidos por periodistas que muchas veces también eran intelectuales, empresarios, políticos o eran parte de un gremio, con lo que se demostró la nueva composición social del México posrevolucionario. De ahí en adelante, el Estado tendría que aprender a tratarlos y éstos a proteger sus intereses, sin olvidar un marco funcional de libertad de expresión nacido con la Constitución de 1917.


Considero que, a diferencia del pasado, la nueva prensa nacida al calor del conflicto armado de la Revolución se “abocó al futuro”, haciendo de lado su visión del pasado para tratar de construir un nuevo espacio de opinión pública y con eso “colonizar el avenir”.1 Eso implicaría, en algunas ocasiones, ir de la mano del Estado revolucionario y otras veces ir en su contra, pero ya desde el poder y no desde una posición subordinada, como sí lo hizo con frecuencia durante el Porfiriato (a pesar de la marginal pero notoria prensa de oposición de esos años). Desde los detritos del porfirismo se abría un nuevo espacio de acción simbólica, de expectativas y experiencias, el cual sería aprovechado por la prensa para adelantar sus intereses y también los del Estado, a veces idénticos.

Esto no significó un rompimiento absoluto con el pasado. Los medios nacidos durante la lucha armada abrevaron del modelo industrial que había implantado la prensa del Porfiriato. En pocas palabras, a diferencia de la mayor parte del siglo XIX, la prensa de los últimos años del decimonónico se enfocó en la información y la interpretación de la misma, disminuyendo su énfasis editorial y lenguaje literario. Al igual que en los países industrializados, la información se centró en la cotidianidad y la interacción social urbana, un componente esencial de la modernidad. Otros diarios del porfirismo habían sido: El Popular, Argos, El Tiempo, The Mexican Herald, El Correo Español, Le Courier du Mexique, Daily Record, Mexico Investing, El Diario de Jalisco, El Jaliscience, El Comercio, La Opinión, El Heraldo, El Orden Público, La Constitución, El Demócrata, El Cuarto Poder, El Eco de Chihuahua, El Progreso, y El Oaxaqueño.2 Pero los diarios de la época revolucionaria también fueron influenciados por la prensa de oposición del Porfiriato, en donde se debe nombrar a: El Ahuizote El Hijo del Ahuizote, El Demófilo, El Colmillo Público, La Muela del Juicio, Vésper, Panadero, El Campo Libre, La Voz de Juárez, El Insurgente, El Barretero, La Punzada, El Veracruzano, El Demócrata y, claro, Regeneración, de los hermanos Flores Magón.3

Menos cercanos al gobierno, pero no en franca oposición como los anteriormente mencionados, hacia 1907, estaban: El País, La Voz de México, La Voz de Juárez, Diario del Hogar, El Correo de Sonora, La Voz de Mazatlán, El Correo de la Tarde, El Correo de Jalisco, El Correo de Chihuahua, El Nuevo Mundo, La Opinión, El Dictamen, La Revista de Mérida, El Noticioso y El Renacimiento.4 En estos medios prerrevolucionarios destaca el trabajo intelectual y político de los Flores Magón, como dije antes, y de también de: Filomeno Mata, Daniel Cabrera, Trinidad Sánchez Santos, Silvestre Terrazas, Juan Sarabia, Heriberto Frías, Jesús Urueta, Luis Cabrera, Rafael Martínez “Rip Rip”, y Félix Palavicini, entre otros.

Dicho eso, este ensayo se dividirá en tres partes. Empezaré describiendo el panorama periodístico durante la Revolución, después haré unas reflexiones sobre la prensa y el Estado durante las primeras décadas del siglo XX, y al final dedicaré un espacio a la relación de la prensa con los Estados Unidos, un tema que considero relevante para entender el funcionamiento de los medios mexicanos durante las grandes guerras de ese siglo.

II. La lucha armada y el crisol de diarios

La heterogeneidad es el factor más evidente de los años más convulsos de la Revolución. En un periodo corto de tiempo nacen y mueren diversos proyectos que apoyaron a uno u otro caudillo del conflicto armado. Cuando Madero llegó a la presidencia, en febrero de 1911, se abrió un episodio de libertad de prensa antes desconocido, el cual pagó caro el propio demócrata. El Imparcial y los diarios que aún operaban bajo la ideología de los científicos fueron especialmente críticos con Madero, en quien veían a un gobernante timorato, sin capacidad para poner orden, e impulsaron el pánico para derrocarlo.5 


La caricatura, que se publicaba en impresos dirigidos a las grandes masas, fue sumamente virulenta contra él y contra José María Pino Suárez. Las ácidas ilustraciones aparecidas en los impresos Multicolor, Ipiranga, El Chisme y Rascatripas circularon ampliamente en la época.6 Hasta cierto punto, opina un autor, la reacción fue natural, en vista del férreo control que Díaz había mantenido sobre la prensa; es decir, “había un ansia de libertad”.7 Con el asesinato de Madero y José María Pino Suárez en 1913, la llegada y salida de Victoriano Huerta entre febrero de 1913 y julio de 1914, el periodo de la lucha entre facciones revolucionarias, la llegada de Venustiano Carranza a la presidencia en 1917 y el pronunciamiento de la Constitución durante ese mismo año, y el posterior dominio de los sonorenses en el poder, a partir de 1920, la prensa mexicana vivió una explosión de diarios que apuntalaron la intensa lucha por el poder y los notables cambios sociales experimentados. Aunque la mayoría de los periódicos no vivió durante mucho tiempo, el simple hecho de haber aparecido es un reflejo de la importancia que se dio, en su momento, a los sucesos revolucionarios y las guerras de propaganda efectuadas entre los distintos grupos.8 

Siguiendo la clasificación de Bravo Ugarte9, trataré de encuadrar–de forma parcial–el panorama ideológico de los principales diarios surgidos entre 1909 y 1920, agregando el año de aparición del medio y , de ser posible, su principal figura, ya fuese fundador o directivo.

Antiporfirista-Maderista: El Antirreleccionista (1909, F. Palavicini), México Nuevo (1909, J. Sánchez Azcona), No Reelección (1910, A. Serdán), Nueva Era, (1911, J. Sánchez Azcona), El Intransigente (1912, J. Ferrel).
Huertista: El noticioso mexicano (1912, V. Garrido), La Tribuna (1912, N. García Naranjo), El Independiente (1913, L. del Toro).
Antihuertista: La Revista de Yucatán (1912, C. Menéndez), El Voto, La Voz de Juárez.
Villista-Zapatista: La Convención (1914, H. Frías), El Renovador (1915), El Combate (1915, F. Santibáñez)
Villista: Vida Nueva (1914), El Monitor, La Opinión.
Zapatista: Tierra y Justicia, El Voto, El Renovador.
Obrerista-Comunista: El obrero mexicano (1910), El Socialista (1911), Luz (1912), La voz del oprimido (1912, Casa del Obrero Mundial), Lucha (1913, Casa del Obrero Mundial), El Sindicalista (1913), El Pueblo (1914, G. Murillo “Dr. Atl”), Emancipación obrera (1914), Tinta Roja (1914), Rojo y Negro (1915), La Revolución social (1915), El Ariete (1916), Acción (1919), Libertario (1919).
Católicos: La Nación (1912, Partido Católico), El Patriota Guadalupano (J. Terrazas), El Estudiante.
Carrancista-Constitucionalista: El Constitucionalista (1913, S. Martínez y F. Padilla), El Radical (1914), El Demócrata (1914, R. Martínez), El Mexicano (1915), El Noroeste (1915, G. García), La Prensa (1915, A. Rivera), El Popular, La Voz de la Revolución, La Reforma Social, La Tribuna, La Vanguardia.

A estos hay que agregar otros que son más difíciles de ubicar ideológicamente, pero que durarían muchos más años. Ahí están El Informador (1917), de Guadalajara, fundado por Álvarez del Castillo; El Mundo (1918), en Tampico, de Vicente Villasana; La Opinión (1919), en Torreón, de Salvador Guerrero; en Monterrey está El Porvenir (1919); La Crónica (1920), en Puebla, y, en Veracruz, El Dictamen.

Los impresos antes mencionados distarían en influencia de El Universal (1916) y Excélsior (1917), los dos diarios surgidos de la mano del gobierno Constituyente, al cual apoyaron en un primer momento, que fueron fundados por Félix Palavicini y Rafael Alducin, respectivamente. Ambos serían los mejores aprendices de El Imparcial, tanto en desarrollo tecnológico como en enfoque periodístico moderno, urbano, con una fuerte veta comercial. Ya establecido el régimen revolucionario nacerían aún más periódicos, entre ellos Novedades, El Heraldo de México, El Sol de México, La Prensa, El Diario de Yucatán y El Sol (después El Norte), El Siglo de Torreón. Con ellos llegarían las revistas culturales semanales o quincenales, tales como México Moderno (1920), El Maestro (1921), Ulises (1927), Contemporáneos (1928), entre otras. La Afición, centrado en deportes, se fundaría en 1930. También se ofrecería la revista Hoy (1937), en gran formato, como un híbrido entre periodismo de calidad, política, y entretenimiento para competir con Jueves de Excélsior y Revista de Revistas

A partir de 1929, El Nacional Revolucionario (después solo El Nacional) sería el órgano oficial de apoyo al gobierno. Los grupos obrero-socialistas-comunistas continuarían con su empuje traído desde la Revolución y a partir de 1920 tendrían publicaciones como el Boletín Comunista (1920), El Comunista de México (1920), Vida Nueva (1920), El Machete (1924), El Popular (1938) y La Voz de México (1939), con Valentín Campa.10 También surgieron o regresaron algunos diarios católicos: La Paz Social (1923), Gládium (1925), Desde mi sótano (1926), La Época (1927), La Palabra (1930). El periodismo cultural vio la llegada de La Antorcha (1924), El Pulgarcito (1925), Bandera de Provincia (1928), Biblos (1919), Ethnos (1920), El Libro y el Pueblo (1922), El sonido trece (1924), y Crisol (1929).11

II. Estado, nacionalismo y prensa

Al menos desde los años previos a la Independencia, el nacionalismo estuvo unido a la labor de los medios impresos mexicanos. Durante la Revolución no fue diferente y, además, se agregó el componente partisano de cada uno de los grupos involucrados. Como afirma un autor, durante el periodo armado de la Revolución no solo fue necesario ganar la guerra en el campo de batalla, sino hacer que los triunfos fuesen reconocidos por los empresarios y la comunidad internacional.12 Carranza, Obregón y Calles siguieron esta línea, en donde los escritos de los intelectuales publicados en distintos medios fueron determinantes para convencer a la opinión pública de los beneficios de la nueva visión de Estado de cada grupo. La generación revolucionaria y de los años de la construcción del régimen estuvo indefectiblemente ligada a la escritura.13 

Alfonso Reyes, quien participó activamente en el periodismo, consideraba que la función de la palabra era “eminentemente moral”14, y, a pesar de que consideraba a la novela como el género más elevado de la literatura, como el resto de su generación, entre 1914 y 1919 plasmó diversos escritos periodísticos desde el exilio en Madrid, notablemente en El Heraldo de Cuba y Las Novedades, de Nueva York.15 Otro ejemplo: Los de Abajo, de Mariano Azuela, se publicó por partes 1915 en el diario tejano El Paso del Norte.16

Carranza, a diferencia de Madero, sí creó una red periodística afín a su grupo. El Universal, pero Excélsior, en particular, se convirtió en una pieza indispensable para el nuevo sistema político posrevolucionario y, en efecto, fueron actores políticos propios en la creación de un nuevo Estado.17 Con su modelo de “prensa empresarial” traída de El Imparcial y una línea editorial conservadora-moderada, ganó popularidad entre las clases urbanas medias y altas y, como los distintos periódicos de la época, tuvo que lidiar con complejas relaciones con el grupo triunfante que proponía un nuevo proyecto nacional hasta que cerró su primera etapa en 1932, a causa de diversos problemas financieros que se combinaron con un coletazo político del maximato.18 

Sin embargo, el modelo editorial había demostrado tener éxito en el nuevo régimen: un delicado balance entre información política y social que reflejaba los vertiginosos cambios de la sociedad posrevolucionaria y sus desigualdades, amplio apoyo publicitario y una relación a veces conciliante, a veces tensa, con los gobiernos de Carranza, Obregón y Calles (la relación fue mucho más tensa con estos dos últimos y durante el maximato). Carranza también extendió su red de influencia periodística hacia los Estados Unidos. Los diarios El Paso del Norte (El Paso), El Eco de México y El Rebelde (ambos de Los Ángeles), La Raza (San Antonio), El Mefistófeles (San Francisco), El Progreso de Laredo y The Mexican Review recibieron subvenciones de su gobierno y algunos incluso fueron considerados órganos oficiales de su régimen.19 

Durante su periodo se instaló en Nueva York el Mexican Bureau of Information, después Mexican News Bureau, e hizo de la propaganda un recursos sistémico de su política diplomática.20 La estrategia mediática influyó en otros diarios de centro migratorios, como El Cosmopolita, en Misuri.21

Así, la prensa posrevolucionaria abrazó la idea de futuro, pero ya no en oposición al pasado, como lo hizo en el siglo XIX, sino como un instrumento de construcción simbólica de los temas relevantes para el Estado y la sociedad. En ese sentido, fue determinante para forjar una imagen de homogeneidad en todo el país, en detrimento de grupos raciales minoritarios.22 Hacia 1926, su alcance era notable: El Universal tiraba unos 60 mil ejemplares, Excélsior 45 mil y El Universal Gráfico otros 20 mil; mientras que en los estados, El Informador sumaba 27 mil 500 ejemplares diarios, El Diario de Yucatán 15 mil, El Dictamen, de Veracruz, 13 mil, El Porvenir, de Monterrey, 12 mil 500, El Siglo de Torreón 9 mil y El Mundo, de Tampico, unos 6 mil.23 

El aumento de medios y circulación coincidió con una mayor profesionalización del gremio–aunque los suelos siguieron siendo bajos–y la cimentación del diario como un negocio de la era industrial, en donde cada puesto debía cumplir una función específica: directores, editores, redactores, reporteros, fotógrafo, cajistas, prensistas, formadores, etc., y la integración de los cables informativos, en particular de la Associated Press y la United Press International.24 De acuerdo con una investigadora, a causa de las transformaciones sociales experimentadas en el país entre 1910 y 1940, las distintas clases del país utilizaron al periodismo “como vehículo de expresión y herramienta de lucha y participaron activamente en este oficio”.25 Pero además, en este lapso de tiempo “se construyeron las bases para el fortalecimiento del público lector, a pesar de que la circulación de los diarios era todavía muy limitada cuantitativa y geográficamente” gracias a la expansión urbana y el crecimiento de los centros fabriles, los cuales “engendraron al obrero, que sería el eje de la fuerza de trabajo”.26 

A partir de la años veinte, coincidiendo con la formación del Estado nacido de la Revolución y la llegada de Obregón al poder, el obrero adquirió mucha fuerza. Los medios que apelaron a este gran público extendieron el alcance de toda la industria de periódicos, fundándose en la prensa popular “de penique” que se había forjado desde 1900, al menos.27 En este época, durante la reconstrucción nacional iniciada con el sonorense, se aplicó “un autoritarismo cubierto de un velo democratizador, [en donde] el trabajo periodístico osciló entre las inercias de la fase armada, donde los escritos respondían a la lucha política de facciones, y los nuevos bríos modernizadores” para lograr una función necesaria del Estado, en vista de la fragilidad del mismo a inicios de los años veinte.28


Con Plutarco Elías Calles y durante el maximato se dio un paso hacia atrás en cuanto a la liberta de prensa, coinciden la mayoría de los investigadores. La tensión entre los grupos políticos y la Iglesia provocó diversas reacciones de censura,en particular contra los que se pusieron del lado de los cristeros. “Las acciones del Estado se consideraban heroicos avances en el camino hacia la derrota del atraso, de las ideas arcaicas, conservadoras. Para mucha gente, la Revolución 'con mayúscula' se había convertido en la nueva religión”, refiere Serna.29 Otro autor opina que en la lógica callista “no se atacaba la libertad de expresión sino el sustento escrito de un ejército apoyado por la Iglesia que atentaba contra el proyecto revolucionario y la seguridad nacional”.30

Después, Cárdenas modernizaría la relación entre prensa y Estado con la creación, en 1935, de la Productora e Importadora de Papel, S.A. (PIPSA), para tratar de resolver los problemas de abastecimiento de los diarios. Al mismo tiempo, sin embargo, el Estado adquirió mayor poder sobre los periódicos. Junto con la creación de la Dirección de Publicidad y Propaganda, en 1936, sustituida al año siguiente por el Departamento Autónomo de Prensa y Publicidad, y la promulgación de la franquicia postal de publicaciones periódicas, el régimen cardenista forjó nuevas reglas para los dueños de los medios, quienes abrieron nuevos espacios de periodismo crítico y de calidad, junto con el entretenimiento, dirigido a un público amplio, como por ejemplo la revista Hoy (1937).31 

Otros medios aprovecharon para criticar la influencia socialista de Cárdenas, tal como El Hombre Libre. Eran tiempos de gran revuelo intelectual: cada día la prensa debatía sobre la crisis económica, el socialismo-comunismo, el fascismo, la vida sindical, la guerra en España, y el poder que aún tenía Calles. Se debatía el futuro del país. Los diarios vivieron este debate en sus páginas, sobre todo después de la expropiación petrolera del 18 de marzo de 1938, y fueron instrumentos para reflejar una vertiente popular y otra más liberal-burguesa, las dos caras de una nueva nación que había nacido después de la lucha revolucionaria.32

Cabe resaltar que a lo largo de este periodo, la prensa también instauró en la psique colectiva las imágenes de Madero, Zapata, Carranza y Villa como los símbolos de la Revolución, trabajo retomado por los políticos y las celebraciones del gobierno33, sin importar que la historia oficial estuviese llena de contradicciones.34 Los textos y las fotografías produjeron, por ejemplo, en el caso de Villa, una imagen patriarcal.35 Los medios también se unieron en campañas de salubridad pública36, políticas de género y culturales.37 Los empresarios, por su lado, lanzaron su publicidad nacionalista en los medios impresos.38

III. La relación de la prensa con Estados Unidos

Desde el Porfiriato, la prensa había dedicado espacio a los hechos estadounidenses. El aumento de poder económico y político de ese país, así como la historia bélica entre México y Estados Unidos obligaban a los diarios a informar sobre el país del norte. Con los tambores de la Primera Guerra Mundial, sin embargo, el gobierno de Estados Unidos cambió su trató con la prensa y el gobierno mexicano. Su intención, bastante transparente, fue la de romper con el recelo que los mexicanos guardaban hacia los Estados Unidos desde la guerra de 1846-1848, situación que se complicó con la intervención en los asuntos nacionales durante la Revolución mexicana y la ocupación de Veracruz de 1914. 

Pero cuando Estados Unidos requirió el apoyo de México y otros países latinoamericanos para la Primera Guerra Mundial, ante la amenaza de una opinión pública favorable a los alemanes, su gobierno desplegó una estrategia propagandística que acercó a los periodistas mexicanos a la causa de las fuerzas aliadas. En 1918, las bondades de unirse a ese bando fueron explicadas por altos funcionarios y el mismo presidente Woodrow Wilson a un grupo de periodistas mexicanos que fueron invitados a Estados Unidos para ese propósito.39 

El espíritu germanófilo de los mexicanos–y Latinoamérica–se reavivó durante la década de los 30, y Estados Unidos usó nuevas técnicas multimédiaticas para convencer al gobierno cardenista y la prensa de la causa aliada, en vista de que los grandes diarios independientes de la época (Excélsior, El Universal, El Porvenir y El Informador) se habían mantenido neutrales entre 1938 y 1941.40 Eso cambió a medida que avanzó la guerra y la amenaza del Eje a Estados Unidos se hizo más grave, lo que hizo imposible obviar la frontera con México. 


CONCLUSIÓN

A pesar de los altos índices de analfabetismo, la mala paga y las complicaciones para obtener papel, la prensa del periodo 1908-1940 construyó, de la mano del Estado, el México moderno posrevolucionario. Hubo adictos al poder, como en el pasado, pero la labor de los periodistas fue esencial para reflejar una multiplicad de contenidos con los intereses, miedos y tendencias de una sociedad que se transformó rápidamente y abrazó la modernidad41, a pesar de las grandes desigualdades que aún imperaban en el país. Estado y medios se beneficiaron al armar el futuro nacional, legado mediático-gubernamental que aún se percibe.


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1Hugo Fazio Vengoa, “La historia del tiempo presente y la modernidad mundo”, Historia Crítica, núm. 34, julio - diciembre, 2007, Colombia, p. 197.
2Leopoldo Borras, Historia del periodismo en México, México, UNAM-Dirección General de Información, 1983, p. 16.
3Ibidem.
4Ibid, p. 17.
5Ariel Rodríguez Kuri, “El Discurso del miedo: El Imparcial y Francisco I. Madero”, en Historia Mexicana, vol. XL, núm. 4, abril - junio, 1991, México, El Colegio de México, passim.
6Guadalupe Ríos de la Torre, “La Acción de la Prensa en la Democracia Maderista”, en Historia. Revista Tiempo y Escritura, México, UAM, p. 17.
7Diego Arenas Guzmán, El periodismo en la revolución mexicana, Vol. II, México, Instituto Nacional de Estudios Históricos de la Revolución Mexicana, 1967, p. 271.
8Victor Lerner, “Exiliados de la Revolución mexicana: El caso de los villistas (1915-1921), en Mexican Studies/Estudios Mexicanos, Vol. XVII, núm. 1, invierno 2001, Estados Unidos, University of California Press, pp. 199-201.
9Véase su obra Periodistas y periódicos mexicanos, México, Ed. Jus, 1966, 111 pp.
10María del Carmen Ruiz Castañeda, La prensa, pasado y presente en México, México, UNAM-Instituto de Investigaciones Bibliográficas, 1990, pp. 338-344.
11Bravo Ugarte, Op.Cit, pp. 84-94.
12Pablo Yankelevich, “En la retaguardia de la Revolución Mexicana: Propaganda y propagandistas mexicanos en América Latina, 1914-1920”, en Mexican Studies/Estudios Mexicanos, vol. XV, núm. 1, invierno, 1999, Estados Unidos, University of California Press, pp. 42-47.
13Vicente Quirarte [Introducción], Los Contemporáneos en El Universal. Jorge Cuesta/Salvador Novo/Jaime Torres Bodet/Xavier Villaurrutia, México, El Universal-Fondo de Cultura Económica, 2016, p. 33.
14Humberto Musacchio, Alfonso Reyes y el periodismo, México, Fondo de Cultura Económica-Consejo Nacional de la Cultura y las Artes, 2006, p. 17.
15José Luis Esquivel Hernández, “El eros periodístico de Alfonso Reyes”, en Revista Mexicana de Comunicación, abril - junio, 2013, México, p. 28.
16Sergio López Mena, “La narrativa de Mariano Azuela, 1895-1918”, en Literatura Mexicana, vol. XXI, núm. 2, 2010, México, UNAM-Instituto de Investigaciones Filológicas, p. 102.
17Arno Burkholder de la Rosa, “El periódico que llegó a la vida nacional. los primeros años del diario Excélsior (1916-1932)”, en Historia Mexicana, vol. LVIII, núm. 4, abril - junio, 2009, México, El Colegio de México, p.1370.
18Ibidem.
19Michael Smith, “Carracista propaganda and the print media in the United States: an overview of institutions”, en The Americas, vol. LII, núm. 2, octubre, 1995, Reino Unido, Cambridge University Press, pp. 163.
20Ibid, p. 165, p. 172.
21Michael Smith y Jorge Durand, “'El Cosmopolita' de Kansas City (1914-1919). Un periódico para mexicanos”, en Frontera Norte, vol. XIII, núm. 26, julio – diciembre, 2001, México, El Colegio de la Frontera Norte, p. 11.
22Miguel Lisboa Guillén, “El espejo nacional para leer lo local. El antichinismo en el Chiapas posrevolucionario”, en Cuicuilco, núm. 59, enero - abril, 2014, México, Escuela Nacional de Antropología e Historia, p. 174.
23Henry Lepidus, “Historia del periodismo mexicano”, en Anales del Museo Nacional de Arqueología, Historia y Etnografía, Cuarta época (1922-1933), Tomo V, México, Instituto Nacional de Antropología e Historia, 1927, pp. 460-461.
24Leopoldo Borras, Historia del periodismo en México, México, UNAM-Dirección General de Información, 1983, p. 31.
25Ana María Serna Rodríguez, “Prensa y sociedad en las décadas revolucionarias (1910-1940)”, en Secuencia, núm. 88, enero – abril, 2014, México, Instituto Mora, pp. 118.
26Ibid, pp. 119-120.
27María Elena Díaz, “The Satiric Penny Press for Workers in Mexico, 1900-1910: A Case Study in the Politicisation of Popular Culture”, en Journal of Latin American Studies, vol. XXII, núm. 3, octubre, 1990, Reino Unido, Cambridge University Press, p. 525.
28Fabio Sousa, “El Machete: prensa obrera y comunismo en México”, en Fuentes Humanísticas, año 28, núm. 49 , II semestre, 2014, México, UAM, pp. 135-137.
29Ana María Serna Rodríguez, “‘La calumnia es un arma, la mentira una fe’. Revolución y Cristiada: la batalla escrita del espíritu público”, en Cuicuilco, vol. XIV, núm. 39, enero – abril, 2007, México, Escuela Nacional de Antropología e Historia, pp. 169-170.
30Justo Miguel Flores Escalante, “Libertad de prensa en la posrevolución. El amparo al Dario de Yucatán (1931-1933)”, en Tzintzún, núm. 61, enero – junio, 2015, México, UNAM, pp. 207.
31Aguilar Plata, Blanca. “Legitimar al régimen desde la oposición. Periodismo político desde la revista 'Hoy', en el régimen cardenista”, ponencia ofrecida en el Encuentro Xalapa 2004 de la Red de Estudios Sobre Prensa, passim.
32Silvia González Marín, Prensa y poder político. La elección presidencial de 1940 en la prensa mexicana, México, Siglo XXI Editores, 2006, p. 15.
33Leticia Mayer, “El proceso de recuperación simbólica de cuatro héroes de la revolución mexicana de 1910 a través de la prensa nacional”, en Historia Mexicana, vol. XLV, núm. 2, octubre - diciembre, 1995, México, El Colegio de México, p. 353.
34Alberto Castillo del Troncoso, “La frontera imaginaria. Usos y manipulaciones de la fotografía en la investigación histórica en México”, en Cuicuilco, vol. XIV, núm. 41, septiembre - diciembre, 2007, México, Escuela Nacional de Antropología e Historia, pp. 198-199.
35Carlos Ramírez Vuelva, “El Pancho Villa de Regino Hernández Llergo. El símbolo del patriarca en el México pos revolucionario”, en Estudios sobre las Culturas Contemporáneas, vol. XVII, núm. 34, invierno 2011, México, Universidad de Colima, p. 145.
36Véase el trabajo de Claudia Agostini, “Popular Health Education and Propaganda in Times of Peace and War in Mexico City, 1890s-1920s”, en American Journal of Public Health, vol. XCVI, núm. 1, enero, 2006, Estados Unidos, American Public Health Association.
37Véase de Anayanci Fregoso Centeno, “‘¿Quién es la nena más bonita del estado de Jalisco?' El valor de la niñez en un periódico local de Guadalajara, 1921-1922”, en Revista de Estudios de Género. La Ventana, vol. III, núm. 26, 2007, México, Universidad de Guadalajara e “Infancia y maternidad después de la Revolución: sus imágenes y representaciones a través de un diario tapatío (1917-1943)”.
38Lara Campos Pérez, “Seducción de nación. Conmemoraciones y publicidad en la prensa mexicana (1910, 1921, 1935, 1960)”, en Secuencia, núm. 88, enero - abril, 2014, México, Instituto Mora, p. 171.
39Ana María Serna, “Periodistas mexicanos: voceros de la nueva Doctrina Monroe”, en Mexican Studies/Estudios Mexicanos, vol. XXVI, núm. 2, verano, 2010, Estados Unidos, University of California Press, passim.
40Pastora Rodríguez Aviñoá, “La prensa nacional frente a la intervención de México en la Segunda Guerra Mundial”, en Historia mexicana, vol. XXIX, núm. 2, octubre – diciembre, 1979, México, El Colegio de México, pp. 224-225.

41Véase México en cien reportajes,1891-1990, dirigido por David Martín del Campo, México, Productora e Importadora de Papel, S.A, (PIPSA), 1990 , 291 pp. 

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