domingo, 20 de noviembre de 2016

Cuatro años de furia


El nacionalismo es una cosa peligrosa. Sublima los corazones de las tribus y desprecia todo aquello que les ajeno. En el fondo, solo revela odio.

Pero eso no es todo. El problema de los nacionalismos es que solo se pueden combatir aplicando la misma receta que aquel que lo inició. De otra forma, el tablero agrupa las fichas de un solo lado y la parte que se opone al nacionalismo original, irremediablemente, lo pierde todo. 

Cuando hay apertura las reglas son claras: aquel que tengan las mejores ideas y los mejores productos tiende a ganar más que los otros. Con el proteccionismo y el orgullo nacionales sucede lo contrario. Aquel que se cierre con mayor fuerza gana más, aunque sea momentáneamente. Tarde o temprano, el nacionalismo revela que hay otros pastos más verdes a los cuales se puede acceder, generalmente por la fuerza. Y ahí se topa con otros que piensan que lo suyo es lo mejor, sea cierto o no.

En una época en que la verdad no importa, los hechos son para losers, y la emoción moldea la voluntad de las masas, los nacionalismos logran su perverso cometido inicial. Me refiero a la ignorancia que siempre va de la mano de la xenofobia y la discriminación. El racismo es solo la consecuencia lógica que permite a la tribu permanecer en su tranquilidad emocional…hasta que se da cuenta que puede seguir levantando paredes aún con el grupo que inició el movimiento tribal.

Post-truth,
post-fact,

newsfeeds,
estupidez colectiva,

las masas eran así de tontas o Facebook las hizo?,

emociones que hacen de lado los hechos.

Las reglas son claras pero no aplican para todos. Si eres del Norte, somos amigos. Si pareces o eres de otra geografía, sal de mi vista. Las reglas económicas son distintas para ti. También las sociales. Eres diferente, por lo tanto, inferior. Me produces miedo y eso debe ser extirpado de mi grupo para poder seguir sintiéndome seguro.

Al menos por los siguientes cuatro años.

Tal vez ocho.

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